Enrique Escobedo
El pasado nueve de julio el presidente López Obrador sostuvo, en defensa de algunos estamentos sociales, que él también es naco, chinto y chairo. Su alocución fue con el fin de solidarizarse con esa gente y atacar a los “fifís”. Fue una manifestación en contra del racismo y del clasismo. Eso lo entiendo y lo aplaudo. Lo que me llama la atención fue la ilógica estructura de su discurso, pues metodológicamente lo que hizo fue, una vez más, dividir a la sociedad.
Es cierto que en nuestro país hay racismo y clasismo, pero no es unidireccional de los “fifís” hacia los “chairos”, pues corre en doble sentido. Es un lastre social y por lo mismo un político, sobre todo un presidente, debe buscar formas sociológicas y culturales de conciliación sin asumir partido, pues al hacerlo solo logra ensanchar las dicotomías sociales.
Dichos términos son vagos, sujetos a muy diversas definiciones y a interpretaciones subjetivas que descalifican y segregan. La expresión presidencial fue con el fin de tomar partido y hacerle ver a un conglomerado de personas que él también es señalado y ninguneado por las clases acomodadas. Su intención fue positiva, pero el camino al infierno está plagado de buenas intenciones. Lo que logró fue fortalecer los estigmas y prejuicios sociales, enardecer a esos grupos y envalentonarlos con el propósito de dividir aún más a la sociedad mexicana.
La herencia clasista y racial de nuestro país se fraguó durante la colonia y esa idea de castas sociales es un flagelo vivo en pleno siglo XXI. Es cierto que ya no hablamos de indios, mestizos y criollos, dichos cuños ahora son naco, chinto, chairo, Brian, Brittany, fifí, burgués, conservador y fresa por señalar algunos absurdos del lenguaje segregacionista bidireccional. De ahí que la cultura en México, en ese rubro, sigue estancada y el presidente pareciera que disfruta y se aprovecha de ese diagnóstico.
Es cierto que en todo el mundo los pueblos tienen prejuicios, señalan a la otredad y la estigmatizan de manera peyorativa. En México etiquetamos a los gringos, los gachupines y a los mochos con el mismo rasero. Lo diferente para las sociedades en general es motivo de desconfianza que desemboca en ofuscaciones de superioridad y de inferioridad. La poca tolerancia sustentada en prejuicios y el prácticamente nulo esfuerzo por conocer y comprender lo disímil está empantanado.
Mal, mal hecho por el presidente López Obrador por haber tomado partido y autocalificarse de naco, chinto y chairo. Eso sólo engendra más odios y resentimientos sociales. Su discurso de solidaridad con ese grupo fue grotesco y no conduce a la conciliación del tejido social. Por el contrario, su movimiento que está por transformarse en partido político está naciendo con descalificaciones y confrontaciones que encona a los mexicanos. Tal vez en términos de votos le convenga, pero eso no es política, sino politiquería.
Tengo esperanza de que ese discurso pronto se supere, deseo que la próxima gestión presidencial oriente su política educativa y cultural de México hacia la inclusión, la tolerancia y respete la pluralidad. Sobre todo, porque la física Claudia Sheinbaum sabe que superar el racismo y el clasismo son fundamentales en su proyecto. Si acaso es sincera.
El discurso de Hitler en contra de los judíos es una lección costosa que debemos aprender. Nadie gana herrando a los seres humanos como si fuésemos ganado vacuno. El tabasqueño cometió un error que deseo sea subsanado por la próxima administración. Pronto lo sabremos.














