Enrique Escobedo
La conciliación es uno de los capítulos más interesantes e importantes en el campo de la realpolitik, ya que la política representa la esencia del arte de lo posible debido a que es diálogo, búsqueda del consenso y acuerdo de las partes a fin de evitar tensiones y, en su caso, superar conflictos violentos. De ahí que es un acto de voluntades que dejan de lado lo nimio y se concentran en lo fundamental. La conciliación es deseo y anhelo de saber que la comunicación es lo importante. Por su parte la transformación política es un cambio de forma y de fondo; puede ser de régimen de gobierno o de sistema político o de una forma de convivencia social y de las relaciones entre el gobierno y la sociedad. Las transformaciones pueden ser violentas y pacíficas. En el primer caso son producto de guerras de independencia o civiles o revoluciones. Dichas transformaciones impactan los ámbitos jurídicos, políticos, económicos y sociales, pues su idea es reconfigurar – desde el punto de vista del triunfador de esa confrontación – la vida de la sociedad, la forma de pensar y de articular nuevas conductas sociales. De ahí que las transformaciones pueden ser de matiz o profundas. En el segundo caso, el de las transformaciones pacificas, predomina la consciencia social de la necesidad del cambio ante nuevas circunstancias naturales, políticas, científicas y tecnológicas. Son cambios que nacen del consenso social y se caracterizan, entre otros temas, por las ventajas de certidumbre respecto al futuro orientado a mejorar la calidad de vida de la población y la confianza de que el nuevo rumbo habrá de ser benéfico para las mayorías.
Por lo anterior, conciliación y transformación no son una dualidad armonizada. Que quede claro que la conciliación es pacífica y la transformación no necesariamente es sosegada. De hecho, en la historia de México, las primeras tres transformaciones fueron violentas y cuando acabó el derramamiento de sangre pasaron décadas antes de que los mexicanos pudiésemos vivir en paz. Ahora, el señor López Obrador nos ofrece una cuarta transformación envuelta en moños de pacifismo y de reconciliación nacional mediante el propósito de acabar con las injusticias sociales y bajo el manto de la estrategia de acabar con el neoliberalismo.
De entrada, su propuesta electoral de reconciliación socioeconómica entre los mexicanos y de combatir la corrupción fue muy bien recibida por una gran parte de la población. Sin embargo, su administración no se avocó a mitigar la escasez, ni el conflicto social. En la práctica ha sido lo contrario. Polariza a la sociedad entre conservadores ricos contra el pueblo bueno, sabio y pobre. Una dicotomía peligrosa debido al alto contenido de resentimientos sociales y de venganzas. Peor aún, ofrece terminar con el modelo de economía política neoliberal no obstante que es el imperante en el mundo debido a su capacidad de adaptación. Es cierto que el neoliberalismo o capitalismo moderno no genera, ni ha sido capaz de implementar mecanismos eficaces de distribución de la riqueza. Por supuesto que implementa políticas sociales de bienestar, pero son insuficientes. Por el otro lado, la economía centralista, planificada, dispensadora de la igualdad social sobre las libertades humanas y conducida por la dictadura revolucionaria del proletariado, ya se vio, fue ineficaz y terminó por derrumbarse.
En lo personal pensé que el gobierno de Morena replantearía nuevas y conciliatorias adaptaciones e innovaciones del modelo del Estado Benefactor al desplegar originales horizontes de economía mixta, en lugar de regresar a viejas fórmulas improductivas de los monopolios de Estado enmarcadas en la anacrónica visión de un partido hegemónico. Empero es claro que el ala radical de la izquierda morenista se ha impuesto y considera que la conciliación es innecesaria para la transformación. Lástima, porque la imposición monopartidista, el maniqueísmo ideológico y el caudillismo han demostrado una y otra vez su inoperancia política. Así lo ha demostrado la historia.













