Enrique Escobedo 

El liberalismo que conocimos en México durante la segunda mitad del siglo XIX es muy distinto al actual. En esencia nació como un movimiento político-económico. Léase, en lo político propuso y defendió la libertad de las personas en contraposición a la idea de súbditos. La segunda es la económica que impulsa la iniciativa privada y la libre competencia bajo el lema de “dejar hacer, dejar pasar” y que el Estado asumiera una posición pasiva o de gendarme. Posteriormente las contradicciones liberales del espíritu capitalista lo llevaron a una encrucijada al principio del siglo XX, pero las ideas de Keynes dieron con la salida al promover la separación de esas vertientes y que en México encontraron fácil acogida debido a que los revolucionarios no tenían oposición para implementarlo y, a la vez, debido a que la Revolución se hizo, entre otras causas, bajo el deseo de la democracia y la justicia social. Consecuentemente el liberalismo que conocimos los mexicanos del general Cárdenas a José López Portillo fue un régimen liberal en lo político y con profundo intervencionismo de Estado en lo económico. Fue un modelo que conocimos como el Estado de Bienestar. 

Con la llegada de Miguel de la Madrid y sobre todo con Carlos Salinas de Gortari pasamos de un Estado intervencionista a un Estado regulador también conocido como neoliberalismo. En otras palabras diferente al que Benito Juárez y Porfirio Diaz impulsaron y obviamente al de los gobiernos priistas ya mencionados.   

El asunto con el neoliberalismo del siglo XXI es su tendencia a la acumulación del capital y sus desgarradoras injusticias sociales. De ahí se explica en parte el triunfo del presidente López Obrador. Empero la actual administración no entiende que el liberalismo que hoy abraza no ha resuelto en términos de teoría y práctica cómo relacionarse con los diversos estratos sociales. Léase, aún no resuelve ese punto porque la heterogeneidad social es compleja y Morena la quiere uniformar y homogeneizar. Consecuentemente el liberalismo sigue vigente, pero el gobierno actual no entiende que la división política y económica requiere abrir espacios a la sociedad civil e impulsar una economía mixta, sin conflictos con el sector privado. Peor aún, muchos militantes de Morena desean vivir con mejor calidad de vida, sin sacrificios y en el confort del consumo neoliberal. De ahí las fisuras y fracturas que se viven al interior de ese partido. Quedan claras las hipocresías santurronas y su confrontación interna por no conceptualizar el liberalismo del siglo XXI. 

El reto del nuevo liberalismo político y económico que desea Morena se ahonda porque el Estado al no ser neutro puede arbitrar la vida económica, pero no asumir una actitud moral. Una circunstancia que se agrava debido a la globalización y que tampoco entiende el actual gobierno. 

No es posible regresar al Estado de Bienestar con monopolios de Estado. El reto del gobierno es asumir la rectoría económica del Estado, pero concurriendo responsablemente con los sectores privado y social. Actores fundamentales que no son del agrado del presidente. Por lo tanto, queda claro que el liberalismo sigue vigente, pero no el que añora la actual administración. En otras palabras, debe ver hacia adelante.