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Enrique Escobedo 

Es impensable el desarrollo social sin la concepción de los calendarios. Toda organización humana tiene elementos de referencia en la idea del orden y la estructura. De ahí que es fácil encontrar en la vida de las civilizaciones calendarios lunares, solares y estacionales. Aún más, nos regimos por semanas, meses y años y vemos los ciclos como algo natural. 

La vida política de nuestro país se rige al amparo de un calendario sexenal. Los ritos, comportamientos y prácticas regulan el culto invariable hacia la figura presidencial de forma inmutable. Todo inicia con el rito de la iniciación, pues simboliza la transición de un presidente a otro y eso constituye la representación social del encanto y que habrá de terminar ineludiblemente en la desilusión. 

El calendario político mexicano, desde 1934, año de toma de posesión del primer presidente sexenal, Lázaro Cárdenas, pareciera estar cincelado en una piedra de sol, parafraseando a Octavio Paz, quien sostenía que es un fenómeno circular que acaba donde inicia e inicia donde acaba. En otras palabras, el calendario político mexicano, como acto de liturgia política, administrativa, civil y oficial, realiza ceremonias solemnes en el calendario sexenal; tal es el caso, por ejemplo, de los informes de gobierno. 

El próximo día uno de septiembre el calendario político mexicano se vestirá de fiesta, pues de acuerdo con el artículo 69 de nuestra Constitución, el presidente de la República entregará por escrito el estado que guarda la Administración pública del país. Antes era día de asueto oficial y todas las estaciones de radio y televisión se unían en cadena nacional a fin de transmitir el informe. Hoy, entre decisiones de acotar el presidencialismo y que el actual titular de poder Ejecutivo Federal habla todos los días, poca atención tiene el ritual. 

Esa fecha, en el calendario se está erosionando, pero la que no se desdibuja es la del fin del periodo presidencial. Léase de no haber cambios bruscos en nuestra Carta Magna, el 30 de septiembre de 2024 será el último día de gobierno de nuestro actual presidente. Así está marcado en nuestro calendario desde 2014 y él lo sabe. Consecuentemente el principio y el fin ya están marcados y deseo sinceramente que se respeten las fechas.  

Si acaso empezamos a manosear el calendario político mediante ocurrencias como la Revocación del mandato, los riesgos que corremos serían de graves consecuencias. Repercutiría en las entidades federativas del país y tal vez en los municipios. También se generarían conflictos económicos y posiblemente sociales. Los ciclos se verían yuxtapuestos y la vida política nacional se enturbiaría. Es cierto que los revolucionarios franceses le cambiaron el nombre a los meses, como parte del cambio de su liturgia, recordemos que a octubre le llamaron brumario y ahora ese supuesto cambio en el calendario es un aviso de que no todo se puede cambiar o transformar con eufemismos.  

El calendario político nacional nos ha dado certidumbre, confianza y movilidad social. Respetarlo es lo mejor que podemos hacer, incluyendo sus ritos y festividades. Trastocarlo o querer transformarlo no es la mejor de las ideas.