Enrique Escobedo

En México la palabra chimeco tiene al menos tres acepciones. La primera se refiere a una persona manchada o sucia, la segunda denota a un autobús del sistema de transporte del oriente de la zona metropolitana del valle de México y que entre sus características se identifica que son vehículos sucios, inseguros y peligrosos. Finalmente, la tercera alude a un personaje de cierta caricatura japonesa famosa entre los niños y jóvenes.

La acepción que me interesa para fines de este artículo es la segunda, pues ironizó con base en la película de Luis Buñuel “La ilusión viaja en tranvía”. La obra del cineasta trata acerca de dos conductores a quienes se les avisa que el tranvía 133 va a ser retirado de la circulación. Entonces ellos, que han pasado más de la mitad de su vida en ese trabajo y que de alguna manera les daba felicidad, deciden despedir su tranvía en un último viaje en el cual viven incidentes y desventuras.

La desilusión, de acuerdo con Buñuel, es la viajera permanente. De ahí que acaba por triunfar y tira por los suelos las buenas intenciones de esos personajes. Me queda claro que la alegoría no puede llegar más lejos y que apenas ha transcurrido un mes de la nueva administración. No obstante, aludo al espíritu de la película y la traigo a lo actualidad debido a que por lo visto ahora el denominado segundo piso es algo semejante a un autobús de pasajeros que ya es chatarra, ya está manchado y no le brinda seguridad a los pasajeros y tampoco a los transeúntes y demás vehículos que circulan cerca del armatroste de cuatro ruedas.

Apenas ha transcurrido un mes de la nueva administración y vemos que cada vez son más los desilusionados que, en principio, le dieron el beneficio de la duda a Claudia Sheinbaum. Se trata de compatriotas que no votaron por ella y que decidieron otorgarle el beneficio de la duda. Es cierto que es ante todo nuestra presidenta, eso no se puede negar. Pero se empieza a ver cada día que transcurre que su gobierno es una réplica del pasado y que sus conferencias mañaneras carecen de la fuerza que les impregnaba su antecesor.

Dice la voz popular que “rara vez las segundas partes son mejores que las primeras” y, por lo visto hasta el momento se cumple con el refrán. Más aún, el estilo personal de gobernar de la científica sigue siendo una pálida sombra del tabasqueño. Lo cual indica cierta incapacidad de buscar y encontrar originalidad y competitividad. Léase, no se vislumbra en ella visión de Estado, ni sellos distintivos que reorienten las fallas de la anterior gestión, ni tampoco que fortalezca lo que, en su caso, se realizó correctamente en el sexenio pasado. En otras palabras, la mañana sigue gris.

Es cierto que el general Lázaro Cárdenas tardó un año y cuatro meses en quitarse la sombra de Plutarco Elías Calles. No le fue fácil, pues requirió elaborar una estrategia pormenorizada, una táctica sigilosa y, sobre todo, requirió identificar quienes le eran leales y quienes eran los fieles al sonorense. Sobre todo, en un juego de mascaradas e hipocresías propias de la política.

La sociedad mexicana se fragmentó desde el sexenio pasado. Aún sigue dividida. Por un lado, están los obradoristas, por el otro los claudistas, quienes, por cierto, son minoría en el espectro político de Morena. También encontramos a los anti-morenistas. Identifico a los apáticos. Lo mismo que a los esperanzados en la presidenta, aunque no hayan votado por ella y, por supuesto, a quienes ahora viajan en el sendero del desencanto. Son seis grupos clasificados convencionalmente y que en el paisaje político se ven, cada día que transcurre, más distanciados. En otras palabras, México vive un diagnóstico de posible atomización y lo peor es que la desilusión viaja en Chimeco.