Bernardo López
El presidente Obrador dice que no es de preocuparse la inflación de 7.7 por ciento, pues el incremento fue menos al esperado, y vaticina que va a comenzar a descender, sin embargo ¿Por qué no sale a las calles a preguntarle a las personas a ver qué piensan?
Esta inflación humanista -que “no es para alarmarse”, como dice el pejelagarto- disparó el precio del huevo, que ahora supera los 50 pesos el kilo, cuando el promedio era de 32 pesos en 2018. Apenas, el año pasado rondaba los 35; fue en los primeros meses del 2023 que el costo se incrementó. Es un asunto que le debe preocupar el gobierno porque este alimento es muy accesible y es la principal fuente de proteína para los mexicanos.
Platicando con un tendero, me comentó que en México sí hay suficiente huevo para vender, sin embargo, se prefiere cubrir las necesidades de un mercado ajeno -Estados Unidos- y dejar desprotegido al mercado interno, por la disminución de la oferta en el comercio local y una demanda constante.
Dónde está el humanismo que tanto pregonan, porque en todo caso deberían estar ocupados en brindar un alimento de calidad a las personas y no encarecerles la vida con el aumento de precios de los productos de primera necesidad o sentenciarlos a comer sopas instantáneas y comida chatarra. Un gobierno humanista debería asegurar el abasto de frutas, verduras y legumbres para sus ciudadanos y después comercializar los excedentes a otros países al valor que puedan negociar.
Otro ejemplo de este fenómeno comercial sucede con el aguacate, que en vez de cubrir la demanda de la población del país se prefiere exportar a precios inflados a Estados Unidos. Y este comportamiento provoca la carestía del producto, una reducción en la calidad de la fruta que se oferta, además que se debe pagar más por menos; exportan lo mejor que da nuestra tierra y aquí se quedan sólo las migajas.
Un hecho similar también se presenta en la Ciudad de México con los llamados “nómadas digitales”, quienes no pueden pagar el alquiler de los departamentos en sus países de origen, entonces se desplazan a lugares más baratos y provocan el aumento de las rentas -en colonias como la Condesa, la Roma, la Juárez o la Centro-, volviéndose inasequibles para las personas nativas de la zona o del país. Lo mismo sucede en algunos lugares turísticos, donde sólo los extranjeros tienen el privilegio de pisar, debido a que todos los servicios se cobran en dólares o euros. La única acción evidente para aplacar la inflación ha sido subir tasas de interés, con el objetivo de inhibir el consumo, no obstante, los perjudicados son aquellos que tienen un crédito hipotecario, quienes ven amenazado su patrimonio.













