Enrique Escobedo

Tal vez uno de los sentimientos que todos hemos sentido en mayor o menor medida es el de la frustración debido a que tendemos a crear expectativas e ilusiones que al paso del tiempo no se realizan o se desarrollan por senderos inesperados que no cumplen con los anhelos planeados. Es entonces que se apodera de nosotros la frustración y tendemos a manifestarla internamente al grado de entristecernos con baja o media intensidad o externamente al grado de somatizarla y manifestarla con ira, rencor y resentimientos sociales. En otras palabras, es un sentimiento que puede ir desde lo leve y superarse en unos cuantos días, hasta lo intenso que se expresa en respuestas emocionales que alteran nuestra vida e incluso la del entorno de quienes nos rodean.

Los altos extremos de frustración social cuando se trata de un político con responsabilidades son peligrosos, pues las decisiones que toma llevan cargas de resentimiento social y su orientación es la venganza. Por ejemplo, perder una elección es indudablemente frustrante y a la vanidad de un político es decepcionante, pero no significa necesariamente el fin de su carrera; tenemos casos como Nixon en Estados Unidos quien perdió la elección contra Kennedy y cuando volvió a competir logró la victoria. Otro caso es el de Andrés Manuel López Obrador quien perdió en 2006, 20012 y por fin ganó en 2018. Eso nos habla de un hombre que seguramente se sintió desolado en sus primeras dos derrotas, pero logró levantarse y triunfar a la tercera.

Sin embargo, el presidente mexicano no digirió esas derrotas y ahora con sus más de setenta años sabe que su cuerpo ya se fatiga y que su proyecto de gobierno transexenal – que según él debió iniciar en 2012 – se le esfuma. El caso es que además en su gestión se le atravesó la pandemia, ha tenido que sortear la inflación derivada de la política norteamericana que no tenía prevista y su equipo de gobierno está desgastado debido a su inexperiencia e improvisaciones. Él pensaba, al igual que Vicente Fox, que gobernar es simplemente un acto de voluntad política y que eso era suficiente para implementar un proyecto de gobierno. Pero al darse cuenta de que la Administración pública es más compleja y que la vida política nacional participan actores como la sociedad civil se empezó a frustrar. Las situaciones en las que ha gobernado López Obrador no han sido las mejores, pero así siempre ocurre en política. Ahora su enfado denota malogros.  Quiso gobernar con un Congreso que tuviera la mayoría calificada y no lo logró, se empeñó en la prolongación de su mandato y no fructificó, quiso centralizar el manejo de la economía y las leyes económicas se lo impidieron, quiso ser el líder de la izquierda latinoamericana y Lula de Brasil tiene mayor autoridad moral, quiso arreglar la inseguridad pública protegiendo al crimen organizado y ese error lo pagamos muy caro todos los mexicanos, creyó que con sus treinta millones de votos le era suficiente para imponer autoritariamente sus políticas y no supo contar cualitativamente a la oposición, insistió en que sus conferencias mañaneras son sinónimo de transparencia y rendición de cuentas y sólo proyectó la corrupción de su administración.

Mi conclusión es que el presidente, por sus repuestas agresivas, por su semblante descompuesto, por sus decisiones de sólo estar rodeado de algunos de sus colaboradores y por su forma de andar lerda y encorvado me llevan a esa conclusión. Tal vez estoy equivocado, pero no lo creo. Él sabe que tal vez la señora Sheinbaum realice algunos cambios, además de que nadie de ese partido ha definido lo que significa conceptualmente el denominado segundo piso. Total, tenemos un presidente frustrado y eso lo hace peligroso.