Enrique Escobedo  

Los eufemismos son palabras o expresiones suaves, circulares y decorosas que se expresan usualmente en ambientes políticamente correctos a fin de evitar locuciones que pueden ser consideradas peyorativas, de mal gusto o francamente vulgares. Se utilizan sobre todo en la política, la diplomacia y la economía, ya que pueden proporcionar la posibilidad de la manipulación y, potencialmente, que las masas se adhieran ideológicamente a una causa.   

Por su parte, los convencionalismos son expresiones y conductas basadas en creencias, opiniones o actitudes consideradas como apropiadas y de buen, gusto, pues se rigen en gran medida por las apariencias y en el correcto comportamiento implícito y explícito de un grupo social. 

Se trata de dos figuras que todos empleamos según las circunstancias en las que nos encontramos, pues su utilidad es innegable y sus ventajas pueden rendir frutos en favor de nuestros intereses y causas. De ahí que las aceptamos. Pero cuando estamos del otro lado de la mesa escudriñamos en esas dos figuras a fin de investigar el trasfondo de las palabras e investigamos acerca de las intenciones de quien se expresa y comporta como una persona de arquetipo refinado en su vestir, hablar y comportarse en el mundo de lo políticamente correcto. 

Lo acontecido el pasado uno de septiembre por la tarde en el Palacio Nacional fue la repetición circular, en esta ocasión con menos auditorio, del ritual glorícula de los informes de gobierno. Me queda claro que no puede ser de otra manera. Los políticos saben que esas oportunidades deben capitalizarse y aprovecharse al máximo.  

Para ellos los reflectores son un festín que los realiza y debe proyectarlos. En esta ocasión se trató de una lectura con una muy apretada síntesis de la actual gestión. Ya que el informe entregado en el palacio de San Lázaro es un documento de poco más de 1300 páginas.  

El cuarto informe, desde la administración de Lázaro Cárdenas, tiende a ser el más denso, el que concentra gran parte de los logros y el que catapulta al presidente en turno a decir de sus aduladores. Posteriormente la historia los pone en su lugar. De ahí que los eufemismos y convencionalismos de los informes se van desdibujando. 

No obstante, en algunos casos quedan recuerdos de frases o de acontecimientos. Tal es el caso del siguiente párrafo dicho por el presidente López Obrador y que me llama la atención “creo con racionalidad mítica y el optimismo de que triunfará la cuarta transformación de México y, en lo personal, me siento bien y de buenas. Estoy feliz porque la revolución de las conciencias ha reducido al mínimo el analfabetismo político”.  

Sinceramente me parece una expresión vanidosa, ya que al decir que cree en la racionalidad mística es su proyección del mesianismo personalizado en su persona. Está optimista porque, a su decir, triunfará una transformación que no ha conceptualizado, sistematizado y ordenado y que pocos ven y entienden.  

Finalmente habla de una revolución de conciencias que supongo se refiere a la politización y ciudadanización de los mexicanos que tampoco se observa en la cotidianidad del pacto social de convivencia cívica, así como tampoco en el plebiscito cotidiano de la paz social y el desarrollo. Decir que el pueblo era analfabeto políticamente hablando y ahora ya no lo es no hay forma de demostrarlo. A menos, supongo, que se refiere a esas encuetas de aceptación que aprueban su gestión.    

Ese galimatías del presidente es un eufemismo hueco y un convencionalismo fatuo. Son palabras en la oquedad de su cabeza llenas de pompa y furia y que nada significan.