Jorge Gaviño Ambriz  

Esta semana se cumplen dos desde que el Gobierno de la Ciudad de México tomó la eufemística decisión de aprobar “una actualización de la tarifa de transporte concesionado de un peso”. Es decir: de incrementar el costo del pasaje de los microbuses, vagonetas, autobuses de ruta y corredores concesionados, en la capital del país. Dicho aumento fue la respuesta de las autoridades a la exigencia de diversos grupos de transportistas que amenazaron con paralizar la ciudad si el precio del boleto no subía entre $3 y $5 pesos, petición que fue descartada como injustificada.  

A cambio de este incremento “pesero”, el gobierno puso como condición otro eufemismo: mejorar el servicio. Es decir: que los choferes dejen de echar carreritas, manejen respetando el reglamento de tránsito, no lleven acompañantes, eviten agresiones y malos tratos a los pasajeros, quiten los vidrios polarizados de las unidades (situación que se traduce en robos, violencia e inseguridad) y un largo etcétera. Para asegurarse que los operadores cumplan con este compromiso, se anunció la implementación de una serie de operativos intensivos que terminará el 31 de julio y donde se verificará el estado y documentación de las unidades, que los choferes tengan licencia y usen uniforme.  

“Eufemismo” viene del griego “eu” (bueno, bien) y “phemi” (hablar), y es una figura retórica que se utiliza cuando se cambia una palabra por otra más favorable, para suavizar o atenuar una expresión que podría generar molestia si se dice de manera directa. Así, por poner un ejemplo antiguo, Esquilo nos cuenta en la “Orestíada” cómo Atenea, para calmar a las Erinias (las innombrables Furias), les ofrece un nuevo nombre más agradable: Euménides (benévolas). En adelante, los ciudadanos atenienses usarían esta palabra para honrarlas e invocarlas y evitarían pronunciar el antiguo nombre para no irritarlas. 

Como es natural (o lo hemos naturalizado), las grandes ciudades presentan también grandes problemas. En la Ciudad de México, los problemas vinculados al transporte público concesionado (con su atiborramiento, contaminación acústica y atmosférica) se han convertido en un asunto icónico y un mal necesario. Por esta razón, es loable que el gobierno busque convertir este medio de transporte en algo más digno y seguro. Sin embargo, esto no se logra sólo con eufemismos. Las autoridades no deben olvidar que existe un compromiso con los ciudadanos, quienes verán una tremenda y notoria injusticia que les hayan hecho pagar más por el mismo servicio deficiente y arriesgado del que ya cantaba Rockdrigo hace 40 años cuando se subió a un camión en sus “Aventuras en el DeFe”: «Estaba lleno de ratas que sacaban la cartera y las almas de volón».