Enrique Escobedo  

Los antiguos griegos en sus ciudades-estado o polis diseñaban un espacio al aire libre o plaza pública en la cual se congregaban los ciudadanos con el fin de que los mercaderes ocuparan un área, pero dejaban otra parte a fin de debatir acerca de la cultura y la política. Era el centro de convivencia social de los habitantes. Dicha plaza estaba rodeada de palacetes en los que vivían algunos nobles y también se instalaban oficinas administrativas. Era el espacio de los juicios mercantiles y penales. También el centro del debate en el cual el pueblo argumentaba y mediante el dialogo, el acuerdo y el consenso. Consecuentemente mediante la votación responsable e informada los ciudadanos decidían democráticamente acerca de la vida pública y del destino de la ciudad.  

En el siglo XXI es imposible pensar en una plaza abierta a la que acuda toda la población a deliberar acerca de los asuntos de interés popular. Por eso la democracia ha evolucionado en sus formas organizativas. Léase, en partidos políticos, asociaciones civiles, medios de comunicación, reglas de operación y una institución responsable de la rectoría de dichos procesos a fin de debatir las ideas y realizar la jornada electoral hasta la definición del triunfador de la contienda.  

Debatir públicamente acerca de las ventajas y desventajas de una propuesta gubernamental y que la sociedad tome una decisión requiere tener acceso a información verdadera, útil, amplia, oportuna y una perspectiva multi e interdisciplinaria. En otras palabras, si el gobierno desea instrumentar una determinada política pública y someterla a juicio ciudadano mediante un plebiscito, un referéndum o una revocación de mandato lo ideal es que se invite a expertos y conocedores de los temas y expliquen pormenorizadamente las consecuencias positivas y negativas de implementar la política. De ahí que el ágora moderno va más allá del Congreso de la Unión, también está en manos de los actores políticos, los ciudadanos y en la difusión responsable por parte de los medios de comunicación y sus articulistas.  

Lo importante es que exista una institución que regule y en la que confluyan todas las voces con el propósito de organizar los procesos democráticos. En México es el Instituto Nacional Electoral (INE). Un Órgano Constitucional Autónomo que personifica el ideal social de que no sea el gobierno quien organice los procesos electorales. 

Tristemente el presidente de la República nos adelantó que propondrá una reforma electoral a fin de desaparecer al organismo. No me queda claro si será un organismo descentralizado, si respetará su autonomía o si será un órgano desconcentrado adscrito a la Secretaría de Gobernación. Hasta el momento nos adelantó la noticia de que todos votaremos por los consejeros. El gobierno nos propone a cuentagotas una reingeniería del ágora moderno. Lo cual me infunde ciertos temores pues son, hasta el momento, propuestas amorfas. 

La metáfora de un ágora moderno no puede llegar muy lejos. Aún más si la vínculo con el actual INE, lo sé. Pero es un espacio semejante, ya que una de las cualidades del Instituto es tener y mantener abierto el espacio que permite la deliberación de las contiendas políticas y nos garantiza que todas las voces serán oídas. En lo personal no deseo la desaparición del Instituto, aunque seguramente debe sufrir algunas adecuaciones organizacionales. Lo importante es que permanezca en su esencia, ya que es la continuidad de la herencia democrática nacida en Grecia. De otra manera será un retroceso al pasado autoritario.