Enrique Escobedo 

Hasta donde tengo entendido, México es el único país del mundo que tiene dos actas de independencia. Una se refiere a la impulsada por Agustín de Iturbide intitulada “Acta de Independencia del Imperio Mexicano” que se firmó el 28 de septiembre de 1821. Léase, al día siguiente de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México y fue el triunfo definitivo de la guerra de Independencia. Postreramente dos años después y con el fin de anular la herencia del Primer Imperio se firmó otra que reza “Acta de Independencia de la República Mexicana”. En otras palabras, es la expresión política de borrar el pasado, culpar de todos los males al gobierno anterior y sostener que, con esa nueva acta, finalmente los mexicanos podríamos transformarnos y ser el país anhelado.  

Todo lo anterior lo traigo a colusión porque la actual administración, muy dada a los festejos de independencia y cambiar los hechos y las fechas históricas, tiene ante sí un reto interesante, festejar los 200 años de la entrada del Ejército de las Tres Garantías, léase un cuerpo militar que existió entre 1821 y 1823 como resultado de la unión de los ejércitos realistas e independentistas y cuyo objetivo era salvaguardar la independencia nacional. Al frente de dicha corporación estaba Agustín de Iturbide y las garantías se refieren a religión, independencia y unión.  

El primer emperador ha estado estigmatizado desde 1823 con el Plan de Casamata y la instauración de la República Federal. De ahí que será interesante ver si acaso el actual gobierno reproduce algunas imágenes de aquel desfile del 27 de septiembre en el cual entró el ejército aludido a la Ciudad de México y omite el nombre o incluso la imagen de Iturbide. 

Independientemente de la simpatía o antipatía que despierta Iturbide, nos guste o no, es tema central, pues fue el creador, impulsor y operador político del Plan de Iguala, el Abrazo de Acatempan y quien conceptualizó el Acta de Independencia.  Aún más, esa obra es, de alguna manera, síntesis y proyecto de lo que ahora es el México de hoy. En lo personal prefiero la idea de la república a la monarquía, pero la autenticidad de los hechos no tiene controversia. Iturbide era una mente militar y política con más idea que la de Vicente Guerrero. Consecuentemente podemos seguir haciéndonos tarugos, pasar desapercibida la entrada triunfal del Ejército Trigarante del 27 de septiembre y de la firma de la primera acta de independencia al día siguiente. 

La historia la escriben los vencedores y eso no va a cambiar. Lo más probable es que este gobierno omita esa fecha y en la plancha del zócalo capitalino los festejos del triunfo de la lucha por la independencia se centren en Vicente Guerrero y los héroes que nos dieron patria, incluyendo por supuesto a Josefa Ortiz y a Leona Vicario. Será importante conmemorar doscientos años de vida independiente y de ser una nación con identidad. 

Sin embargo, soy pesimista. Mucho me temo que la política de seguir dividiendo a los mexicanos seguirá imperando. Esa idea maniquea que nos plantea la actual gestión de que se está con ellos o contra ellos es una situación totalmente contraria a la idea de “unión” que es una de las tres garantías. Que tristeza que alguien que presume de conocer la historia patria no entienda del significado que Guerrero, Bravo, Álvarez e Iturbide entre otros quisieron plasmar en el simbolismo del color verde de nuestro hoy vigente lábaro patrio.  

Es cierto que todas las naciones del planeta tienden a mitificar pasajes fundacionales de su historia. Que les gusta crear héroes y proezas y que las razones fundacionales de los países tienden a ciertas exageraciones. Pero eso no es pretexto para hacer de la historia algo dicotómico entre buenos y malos.  Que tristeza que a doscientos años de aquel simbólico desfile Trigarante aún existan mexicanos rencorosos y vengativos que prefieren cambiar la historia a su conveniencia. Que tristeza que se prefiera ocultar pasajes de la historia. Que tristeza que el gobierno estigmatice con una palabra, por ejemplo “conservador” a todo aquel que no piensa como él y haga de la historia patria algo simplista, lineal, acartonado y de desunión.   

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