Enrique Escobedo
El concepto viene desde la época romana. Ellos sabían que ganar y mantener el poder mediante la fractura entre los pueblos conquistados era la solución ideal. En otras palabras, evitaban que concentraciones más grandes de población se aliaran, consecuentemente dominaban de manera más fácil a pequeños grupos aislados. En política es una vieja solución aún vigente y esta administración la aplica eficaz y permanentemente.
La idea gubernamental de fraccionar a la sociedad entre liberales y conservadores o entre chairos y fifís o entre ricos y pobres le ha dado resultados y por eso continúa con dicha estrategia. Léase, un pueblo dividido es fácil presa de la intolerancia y, consecuentemente, de la confrontación entre grupos, pues el manipulador es el gobierno. Veamos el más reciente ejemplo: la derrota política que sufrió la iniciativa constitucional de la Reforma Eléctrica dolió tanto en el ego de la actual gestión que desataron una campaña de odio y potencial linchamiento social de los seguidores de Morena hacia los diputados de la oposición. Ese partido propuso “fusilamientos pacíficos” al poner murales con las fotografías y los nombres de los representantes populares que no avalaron su reforma.
Dicho tipo de actitudes, además de peligrosas y condenables por la violencia que encierran, tienden a fragmentar y, en su caso, fracturar la unidad nacional entre “patriotas” y “traidores”. Luego entonces habrá mexicanos estigmatizados, señalados y condenados por pensar de manera diferente al presidente. Unos corren el riesgo de ser señalados y víctimas del dedo morenista acusador. Los otros, así lo ha demostrado la historia, se radicalizarán aún más que el titular del poder Ejecutivo, y por tratar de quedar bien con él, desplegarán campañas de odio que podrían terminar con el derramamiento de sangra en las calles.
Ese es el peligro de la intolerancia y de asumirse, desde el partido en el poder, como paladines de la verdadera justicia y de la moral pública. Me preocupa ver que lleguemos a esos extremos, pues a partir de entonces los despliegues de violencia serán banalizados en nombre de la ideología del partido y del Estado transformador. Ese fenómeno de mimetizarse en el presidente y tratar de quedar bien con él, acaba por engendrar una vorágine de purgas y puritanismo ideológico.
El gobierno nos está dividiendo y su estrategia va viento en popa. De ahí que cuando sean las elecciones en el año 2024 el partido en el poder y su pesada maquinaria burocrático-electoral empiece a funcionar correremos de ser aplastados ante sus intolerantes posturas políticas. Lo cual es el peor de los escenarios. A la larga nadie ganará y todos perderemos. Ese es el costo político-social que pagaremos de seguir desuniéndonos y confrontándonos sin argumentos, ni propuestas conciliadoras en lo elemental.
El problema queda claro, el quebrantamiento social lo incita la actual administración y desde la primera magistratura del país. Por eso es peligrosa la postura gubernamental. Aún más, si la propuesta de Reforma Política impulsada por la actual gestión no cede en algunos rubros, se sostiene en que no cambiarán una coma del texto original y sufre un rotundo descalabro, las reacciones gubernamentales podrían ser alocadas y viscerales.
El gobierno ya nos tiene divididos y esa atomización puede, en efecto, llevar al triunfo en el 2024 a Morena. Pero con un retroceso en la madurez democrática y en la cohesión social.
















