Enrique Escobedo 

La dialéctica, sin mayores profundidades, es la teoría que busca la verdad mediante la confrontación de razonamientos y argumentos contrarios. En otras palabras, no basta con decir no. Lo importante es, como diría Aristóteles, la demostración refutativa. Por eso las tres leyes de la dialéctica son: a) la lucha de la unidad y la lucha de contrarios; b) la transición de la cantidad a la calidad y, c) la negación de la negación. De ahí que el pensamiento dialéctico recoge la primera idea, la confronta con la segunda y nace una nueva idea.  

Por lo anterior, para refutar se requiere una proposición demostrable, abierta y fundada. Lo cual no es tan sencillo, pues es fácil contradecir mediante insultos o atacar las características personales de la contraparte o denigrar con falsedad la autoridad moral del contrario, sin considerar lo sustancial del primer argumento. Por cierto, a ese tipo de actitud y de respuesta se le llama Ad Hominem. Es decir, es el parloteo carente de contraargumentos, es quimérico y carece de contenidos para sostener una tesis. 

Mucha gente cree que la simple actitud contestataria es parte del pensamiento dialéctico. De ahí que vale la pena señalar algunas características acerca de lo que no es la dialéctica. Tomemos, además del ejemplo anterior, otros cuatro: a) el oxímoron que se define como una expresión que combina dos conceptos de significado contrapuesto e incoherentes “fuego helado” o “humo resplandeciente”. b) el hipérbaton que se refiere a la inversión o transposición del orden lógico de una oración: “volverán las golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar”; c) la antinomia que se define como el conflicto o contradicción entre dos leyes, principios racionales o ideas; d) la paradoja es el pensamiento que utiliza expresiones que envuelven contradicciones, “prohibido prohibir” o “es de mala suerte ser supersticioso”.  

Esos cuatro ejemplos más el Ad hominem son representativos de la retórica que no crea el parto de nuevas ideas. Pero hay personas que erróneamente piensan que son figuras de la dialéctica y recurren a ellas, pues están convencidas de que su uso exagerado es sinónimo de inteligencia y simpatía. Puede que en algunas circunstancias de charlas entre amigos esas ocurrencias nos causen gracia. Pero su uso no puede ir más lejos. No más allá de un chiste simplón. 

La dialéctica requiere de tres elementos tesis, síntesis y antítesis. Su argumentación es propositiva, abierta y fundada. Se concentra en los asuntos centrales del debate por lo que demanda conocimientos acerca de lo que se habla, cuestionamiento sistemático, reflexión lógica, información, observación, comprender el texto, el contexto y saber escuchar. A partir de ahí las contraargumentaciones son enriquecedoras y constructivas. 

Refutar, cuando se tiene algún tipo de autoridad, también exige fundamentación jurídica y motivación social. Son citas concretas, datos duros y pruebas fehacientes que permiten la contradicción y, consecuentemente pasar, en su caso, a nuevos conocimientos e ideas acerca de nuestra realidad. De ahí que los gobiernos deben estar atentos a las demandas y necesidades en materia de comunicación e información. Lo cual los obliga a ser abiertos, rendir cuentas y ser transparentes. Eso significa que ante las controversias y críticas sociales generadas por las decisiones de la Administración pública deben ser explicadas con seriedad a la sociedad, léase, mediante la refutación y el pensamiento dialéctico. Pero de ninguna manera deben darse con base en las cinco figuras retóricas arriba expuestas, mucho menos con la utilización del Ad hominem, ya que esa forma de expresarse es contraria al aseo político que la sociedad demanda de sus gobernantes. Que se nos hable y contraargumente de manera frívola desde el gobierno es menospreciar la inteligencia social y, algo peor, caer en demagogia. 

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