Enrique Escobedo 

La búsqueda de la felicidad es un concepto abstracto que, en lo esencial, nos heredaron los griegos. Platón fue quien sembró la idea de que la felicidad no es un fin, sino que es parte del camino. Dicha idea viene de la mitología helénica cuando Prometeo robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres. Los dioses molestos con Prometeo le entregaron una caja, con el argumento de que lo perdonaban, mas nuestro héroe sabía que se trataba de una venganza, así que escondió el arca. Sin embargo, la esposa de éste, Pandora, la buscó llena de curiosidad, la encontró y abrió. En ese momento todos los males se liberaron y poblaron la tierra. Cuando ella cerró la tinaja sólo quedaba Elpis, la esperanza. Desde entonces los antiguos griegos nos heredaron la idea de que lo contrario a la felicidad es la esperanza, pues para ser feliz no hay que pensar en el mañana. En otras palabras, una de las acepciones de la felicidad es que esta tiene que ser “ahora y aquí”, de lo contrario, la esperanza es una expectativa y mientras tengamos esa expectativa, no podemos ser completamente felices. 

Por supuesto que desde entonces la filosofía ha evolucionado con los conceptos de la felicidad y la esperanza. Sobre todo, con el cristianismo que considera a la esperanza como una de las virtudes teologales. El caso es que la esperanza es un estado de fe, así como un acto de optimismo basado en que los problemas y circunstancias adversas se solucionarán y el ánimo se materializará como algo alcanzable. Es tener confianza en el futuro como asomo de mejora superior al presente.  

Por su parte, los políticos han acuñado esas categorías y nos venden la idea de que ellos representan la esperanza y lo que desean es la felicidad del pueblo. Dicha venta de esperanza sin desesperanza y realización de felicidad es algo que, no obstante, sus discursos retóricos y falta de conceptualización, sigue siendo efectiva. Lo cual tiene explicaciones. Ellos saben que la condición humana necesita creer que las condiciones de subsistencia son mejorables y que, efectivamente, si trabajamos, nos esforzamos y aspiramos a una mejor calidad de vida, lo podemos alcanzar. La credibilidad en esos discursos se sustenta en que los políticos tienen la capacidad, desde el Estado, de movilizar recursos y, por lo mismo, potencialmente nos puedan apoyar a fin de que nuestros deseos y anhelos se hagan realidad. 

De ahí que para la política la esperanza es un producto vendible y nos la ofrecen como un goce material y espiritual derivado de la prestación de los servicios públicos y el otorgamiento de políticas asistenciales, proteccionistas y otorgadora de cierta satisfacción a las demandas y necesidades sociales.  

Por lo anterior son muchos los gobiernos que desarrollan indicadores subjetivos y abstractos de felicidad y que se vinculan con los índices de desarrollo humano basados en esperanza de vida al nacer, la igualdad de oportunidades educativas y acceso a los servicios de salud, así como a una vivienda digna. Lo cual es plausible en lo general, pero que en mi opinión no son necesariamente reflejos de felicidad.  

Tal vez lo adecuado en este mundo convulso sea que dejemos de creer en los políticos y su venta de felicidad y asimilemos la propuesta de la serenidad en complemento a la idea de la realización humana. Léase, la serenidad es saber asimilar, comportarse y actuar de manera racional, meditada y templada ante las circunstancias.  

Un político sereno que ofrece trabajo permanente y productivo, oportunidades de superación y mejora de los servicios públicos y que no vende felicidad y esperanza como artilugios quiméricos me da más confianza, pues lo que hace es convocar a las fuerzas productivas, conciliar intereses, emplazar a la unidad nacional y plantear que los hechos hablan en voz más alta que las palabras.  

La herencia platónica de la felicidad que han recogido los políticos del mundo es significativa, pero ya es tiempo de tener políticos templados en la serenidad de sus encargos que nos den resultados y no simples esperanzas como las que Pandora descubrió.  

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