Enrique Escobedo 

En 1847 la ciudad de México libró una serie de batallas ante la invasión estadounidense. Destacan cuatro querellas de aquella heroica defensa, la de Padierna (hoy Magdalena Contreras) del 19 de agosto, la de Churubusco (hoy Coyoacán) el 20 de ese mes, la del Molino del Rey (hoy Tacubaya) del 8 de septiembre y la del Castillo de Chapultepec del 13 del mismo mes.  

No soy militar, ni se de estrategias de guerra, pero la parte mexicana, por lo escrito en los anales de la historia, cometió muchos errores, además de que teníamos un ejercito mal preparado, escaso y obsoleto parque. Los norteamericanos que nos invadieron desde el norte y por Veracruz estaban mejor pertrechados. 

El 14 de septiembre de 1847 el ejercito yankee inició sus incursiones hacia el zócalo capitalino y la población destruyó calles y con las piedras las arrojaba a los invasores. Por su parte, Antonio López de Sanata Anna huyó del país y se refugió en Turbaco, Colombia. El 15 de septiembre los invasores tomaron las garitas de Belén (hoy es el cruce de avenida Chapultepec y Bucareli) y la de San Cosme (hoy ribera de San Cosme y Circuito Interior-Melchor Ocampo). De ahí que ese día se apostaron en la Plaza de la Constitución, izaron la bandera de las barras y las estrellas en el Palacio Nacional y al día siguiente, aniversario del inicio de nuestra lucha de la independencia, los gringos organizaron un desfile militar.  

El día 2 de febrero de 1848 se firmó el tratado de paz entre México y los Estados Unidos en la villa de Guadalupe Hidalgo (en la sacristía de la basílica de Guadalupe) y de manera obligatoria “vendimos” 2 millones 400 mil kilómetros cuadrados (el   55% de nuestro territorio) a cambio de 15 millones de pesos y reconocimos al río Bravo como la frontera entre ambas naciones. Durante el breve periodo que duró el conflicto, México tuvo siete presidentes y seis generales dirigieron la guerra contra los norteamericanos. Peor aún, nuestro país sufría simultáneamente insurrecciones y sólo siete de los 19 estados que componían nuestra federación contribuyeron con soldados y armas. 

Fue una guerra a todas luces expansionista de los Estados Unidos de América que debemos mantener en la memoria, pues las divisiones entre mexicanos facilitaron el trabajo de los invasores. De ahí que personajes ilustres como Gastón García Cantú, en el año de 1981, remodelara el ex Convento de Churubusco e hiciera el Museo Nacional de las Intervenciones con la idea de que los mexicanos conozcamos la historia patria y aprendamos las lecciones que nos legaron patriotas y entreguistas.  

Ahora que los actuales gobiernos federal y capitalino andan muy dados a cambiar de nombres y de fechas históricas, la señora Sheinbaum, además de cambiar monumentos del Paseo de la Reforma, podría colocar placas conmemorativas o monumentos alusivos en donde ocurrió la batalla de Padierna o donde estuvieron las garitas arriba aludidas, pues aunque no fueron enfrentamientos significativos, vale la pena recordar que los defensores fueron en un gran número ciudadanos, pues ya quedaban pocos soldados y armas. Que quede claro, no se trata de enviar cartas al gobierno norteamericano a fin de que ofrezcan disculpas o crear una comisión de la verdad sobre esa guerra imperialista, sino de fortalecer la memoria histórica mexicana y recordar que la ciudad de México perdió cuatro batallas en gran medida por la desunión de los mexicanos, por anteponer intereses personales y por la falta de liderazgo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here