Pese a que sabemos que “lo real” es más grande de lo que se dice y anuncia en redes sociales, la semana pasada se dio el caso de una acalorada (poco más que bochornosa) noticia que trascendió las fronteras del internet y arrastró consigo una discusión que muchos veíamos lejana a estos terruños. 

El dos de septiembre se dio a conocer, vía redes sociales, que un grupo de legisladores del PAN se reunió en el Senado de la República con Santiago Abascal, presidente del partido político ultraderechista español llamado VOX, en un evento que resultó en la firma de la “Carta de Madrid”. Una epístola que tiene el anticuado objetivo de “frenar el avance del comunismo en la Iberosfera” (palabra inventada que pretende aglutinar a millones de personas en un concepto tan limitado como la mente de sus autores). 

Presentado como un gran logro en términos de política internacional, la realidad es que la suscripción de esa carta representa un retroceso ideológico para la política mexicana en todo su espectro. Por un lado, está el error que cometieron esos legisladores de oposición al abrirle la puerta a una corriente que enarbola las consignas más retrógradas, vejatorias y despreciables del radicalismo europeo.  

Por otra parte, también es preocupante que el partido en el poder y sus aliados, en un intento de “sacar astilla” del desaguisado de sus adversarios, amplifique el lamentable episodio al grado de que también sirve como bocina para replicar las brutales (de brutus, por su violencia e irracionalidad) ideas de esta penosa horda disfrazada de partido político español. A VOX se le puede situar, sin reserva alguna, en la más lejana orilla de la derecha y representa la exacerbación de lo que llamamos conservadurismo político.  

Lo anterior significa que ese partido niega y evita a toda costa el avance de los derechos civiles que hemos alcanzado en varias de nuestras sociedades. VOX se ha erigido como un organismo marcadamente intolerante, que reivindica el franquismo y de tendencias misóginas, racistas, xenófobas y fascistas; sus ideas han encendido como pólvora en esta actualidad tan desencantada a causa de las constantes malas experiencias con la política tradicional, un escenario muy peligroso que no podemos permitir por el riesgo que implica para la democracia. 

En su libro La sociedad abierta y sus enemigos (1945), el filósofo Karl Popper nos presenta algo que llama “La paradoja de la tolerancia”. Su tesis es la siguiente: una sociedad tolerante no debe tolerar la intolerancia.  

El filósofo llega a esta conclusión como resultado de una reflexión provocada por los extremismos que dieron origen a la Segunda Guerra Mundial. “Si extendemos la tolerancia ilimitada a aquellos que son intolerantes (…) entonces los tolerantes serán destruidos, y la tolerancia con ellos”. En este sentido, Popper es categórico y concluye que cualquier movimiento que predique la intolerancia y la persecución debe ser catalogado como fuera de la ley. 

Es paradójico, pero defender la tolerancia exige no tolerar lo intolerante. Recuperemos el camino. 

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