Enrique Escobedo 

Una de las estrategias más utilizadas en política en el mundo es la de la “Triple C”: cooptar, comprar y corromper. El fenómeno es observable en la antigua Roma cuando los emperadores llevaban a la Ciudad Eterna a los hijos de los reyes y caciques de los territorios conquistados a fin de inculcarles la cultura y los valores del imperio. Con dicha maniobra era más fácil consolidar el imperio que mantenerlo por la fuerza de las armas. Lo mismo ocurrió durante el Renacimiento, pues en las cortes de las casas reales europeas es fácil identificar a intelectuales, nuevos ricos y nobles a quienes se les concedían algunas prebendas a cambio de apoyo a la corona. Con dicha política el rey o la reina tenían contentos a los creadores, artistas e intelectuales que por algún motivo pudiesen ser elementos de disidencia. También se hacían acompañar de ellos por prestigio. Podemos encontrar ese fenómeno en el ámbito internacional. Tal es el caso de la política exterior norteamericana al sostener gorilatos en América Latina y recordar la frase de Franklin D. Roosevelt en 1939 cuando dijo “Somoza es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”. En México también se impuso esa triada, con cierto esfuerzo, pues imperaba la terrible sentencia de Gonzalo N. Santos cuyo lema era “destierro, encierro o entierro”. Queda claro que, para fines de la política, la Triple C es más eficaz, aunque un poco menos cínica.  

En las administraciones publicas actuales se crean órganos especializados en instrumentar la estrategia, de ahí que los ministros del interior (secretaria de Gobernación en nuestro caso) o los de cultura, o sus casas editoriales o los organismos del deporte registran en sus nóminas nombres de personajes en calidad de asesores, pues crean opinión e influyen en el pensamiento político y social.  

La Triple C tiende a operarse con discreción y cuidado, pues la idea es que pocos sepan acerca de esas nóminas y esos nombres. Lo importante para los políticos es que los personajes sean parte del ámbito de la triada apoyen o, en su caso, omitan criticas al gobierno. En nuestro país a esa fórmula política se conoce también como “chayote” o “embute”, pues se refiere a gratificar a periodistas y medios de comunicación desde el poder. Lo cual, a decir de la actual administración, ya no existe y, en lo personal me da gusto. Sin embargo, soy escéptico a la idea de que un gobierno renuncie totalmente a esa política, pues no se trata solo de incluir personas o medios de comunicación. También puede aplicarse mediante el acoso desde el poder a fin de asfixiar al medio o, peor aún, de estigmatizar a intelectuales, periodistas, académicos y líderes de opinión. Ya no se trata de la Triple C, sino de marginar y apabullar, de ser posible, linchar públicamente a quien piense diferente al gobierno. Léase, es una situación intermedia entre la fresa de Gonzalo N. Santos y la Triple C 

Cooptar, comprar o corromper es una fórmula que también aplica para la sociedad, pues el gobierno tiene la capacidad de influir en las masas y corromper las mentes a su favor, con lo cual desprestigia a periodistas, medios, intelectuales, académicos, instituciones privadas, sociales y de educación superior, así como a líderes de las redes sociales. La estrategia es desacreditar y erigirse como el amo de la verdad absoluta. Por lo anterior gobierno inteligente debe definir límites y aprender a maniobrar dentro de los márgenes de la política. No todos los seres humanos son susceptibles de ser cooptados, comprados o corromperse, ni un gobierno debe intentar monopolizar la verdad o a los medios de comunicación y mucho menos regular a las redes sociales.  

La compleja relación entre los intelectuales y el poder es dialéctica, difícil y necesaria, pues el pensamiento diferente y la crítica son lo que construye un mejor gobierno. Lo fundamental es que tengan vasos comunicantes y aprendan a escucharse sin recurrir a la “Triple C” o a la peligrosa y amenazante frase de Santos.  

Hoy las redes sociales son una gama tan amplia de opiniones en el horizonte que difícilmente las leemos todas. Además, muchas tienen intenciones sinceras, pero otras buscan distorsionar la realidad o francamente se trata de chismes. Lo interesante, para fines de este artículo, es que tampoco son susceptibles de ser cooptadas, compradas o corrompidas.  

La “Triple C” en el fondo es un instrumento de gobierno que enmascara representaciones, intenciones, simbolismos, aspiraciones y temores. Debe ser motivo de análisis, pues no existe gobierno que no recurre a ella. Aunque diga lo contrario.  

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