Enrique Escobedo
Después de escuchar el mensaje de la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, en el teatro Metropólitan el pasado 15 de agosto concluí que, en efecto, se trata de la construcción del segundo piso de la quimérica llamada cuarta transformación. Léase, es un claro continuismo del gobierno y en lo específico de la mayoría de las políticas diseñadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador. De hecho, se trató de un discurso con poca originalidad, repleto de citas de lugares comunes y leído sin fuerza y contundencia. Peor aún, ella sigue imitando ese acento tabasqueño que no le queda y el eco del discurso me hizo recordar aquella sección en los periódicos de papel en los que aparecían dos caricaturas semejantes y el título era “Encuentre las siete diferencias”. Un juego divertido que requería aguda observación, pues se trataba de detalles apenas perceptibles por el ojo humano.
Pero aquí se trata de algo serio, la construcción de México en los próximos seis años y hay demasiadas señales de que lo que veremos es un Maximato y un juego de teatro guiñol en el que el titiritero es Andrés Manuel López Obrador y la marioneta es Claudia Sheinbaum. Fue impresionante lo acontecido en el teatro Metropólitan debido al mar de simpatizantes de Morena, ya que al ser día hábil fue notoria la presencia de personas servidoras públicas, así como de senadores y diputados. Se trató de fijar, una vez más, el pacto político entre ella y el tabasqueño.
Ya sabemos que a las seis de la mañana la nueva titular del poder Ejecutivo federal se reunirá con el gabinete de seguridad. También que a las siete entablará su conferencia mañanera y que después realizará las funciones propias de su cargo. También ya nos dijo que las políticas sociales se seguirán aplicando y que incluirá dos o tres nuevos programas de corte asistencialista. Se empleará a fondo en la terminación de los proyectos ferrocarrileros e insistirá en el discurso “primero los pobres”.
No ha profundizado acerca del feminismo, de los problemas económicos y mucho menos de las violaciones a los Derechos Humanos de la gestión lopezobradorista. Tampoco en el tema de las drogas y si acaso legalizará algunas. En pocas palabras, mantiene un perfil bajo en los temas delicados y que no son significativos en la agenda de su mentor. Es más, no se ha pronunciado respecto a los problemas en Venezuela. Ella lo que hace es repetir cual periquita las frases del tabasqueño.
Hay quienes dicen que está mimetizando falsamente, ya que aún no es el momento de cortar el cordón umbilical, que se trata de una estrategia y que a partir del primer día de octubre empezará a quitarse la máscara. Son muchos lo que le otorgan el beneficio de la duda y que bueno que haya esa esperanza, porque lo que se ve hasta el momento es una imitación sin algún viso de originalidad, ni de diferencias con la gestión saliente.
Es cierto que una gran crítica que se le hacía a los gobiernos priistas del siglo pasado es que reinventaban al país cada seis años. Una crítica fundamentada y que no dejaba de ser cierta en muchos sentidos. Es más, en esos gobiernos, a fin de que no los tacharan de continuistas, lo que hacían los presidentes era mantener los programas, pero con nombres diferentes. Ahora, con Morena, al parecer habrá pocos cambios en ese rubro.
De verdad deseo encontrar alguna señal que me diga que el estilo personal de gobernar de Claudia Sheinbaum será diferente al de López Obrador. Honestamente busco diferencias de fondo tales como el respeto al Estado de Derecho, calidad educativa, seguridad a la inversión extranjera directa, división y respeto entre los poderes de la Unión, fortalecimiento del federalismo y transparencia y rendición de cuentas. En fin, busco las diferencias porque no deseo otra gestión mediocre.














