Enrique Escobedo  

Dice la voz popular “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones” lo que a buen entendedor significa que lo importante son los hechos, pues ellos hablan en voz más alta que las palabras. Las buenas intenciones son sólo frases o cándidos argumentos que a nada conducen. Aún más cuando son verbalizaciones que provienen de candidatos a puestos de elección popular, pues son capaces de decir que a quien no le guste este mundo, él es encargará de detener su marcha para que se baje quien así lo apetezca después del día de la elección.  

Lo interesante de los discursos de las buenas intenciones en boca de políticos es que pasan y pasan los años y siempre existe una base de crédulos que además de estar convencidos de esas palabrerías, tratan por todos los medios de convencer a los escépticos de que tal o cual candidato si va a cumplir. Esa efectividad del discurso político tiene mucho que ver con la necesidad social de creer, con las expectativas de mejorar la calidad de vida y con las carencias que se convierten en lastres de inmovilidad y deseos de superarlos. 

Las ofertas políticas de mejoramiento al ingreso y de calidad de vida pueden ser sinceras y honestas. Tal vez sean ofrecimientos que los candidatos legítimamente desean realizar. Pero cuando llegan al poder acontecen cuatro opciones. La primera es que lo ofrecido puede cumplirse y, consecuentemente deciden ejecutar la obra, pero bajo el manto de su partido político, a fin de que se diseñe un entorno de colaboradores que se agrupen y se solapen si acaso algo se desvía del curso de acción y, al amparo del equipo, permanecer en el juego de la política. La segunda es que el ofrecimiento es más costoso o difícil de cumplir, es entonces que se cumple a medias o con materiales de mala calidad, pero se entrega a la sociedad con suntuosidad y alaraca. Llega a acontecer que en esos actos glorículas no faltan los paleros que en nombre de la comunidad dan las gracias. La tercera opción es cuando los políticos descubren que la voluntad política no es suficiente o que no tienen el presupuesto requerido o que técnicamente no es posible o que carecen del equipo competente de colaboradores. En este caso la situación se torna ácida, pues el costo político puede significar el fin de la carrera política y las respuestas institucionales se reducen a bandazos y conferencias de prensa repletas de cortinas de humo. Finalmente, la cuarta opción puede llegar a ser tan absurda y grotesca como la tercera, pues es aquella en la cual el político cumple su compromiso de campaña sin importar las consecuencias a futuro; por ejemplo, un tren en la selva lacandona o bajar impuestos u otorgar becas académicas con promedio de seis. Es decir, el costo es muy superior al beneficio.   

Las buenas intenciones requieren, en materia de campañas políticas de candidatos que antes de hablar se alleguen de un equipo interdisciplinario de colaboradores competentes que sepan de leyes, aspectos técnicos y económicos, de ecología, de administración pública y de historia, entre otros temas. Por su parte, el político debe saber escuchar. 

Las buenas intenciones requieren de buenos oficios. Léase, la capacidad del arreglo de controversias con el propósito de establecer o reestablecer contacto con la realidad social, cultural, política, administrativa, jurídica y, por supuesto, económica. Lo importante, si acaso, de que un político tenga buenas intenciones es que refleje un genuino interés por la cuestión social, pero eso es insuficiente, sabe que sus contrincantes, si están en desventaja, ofrecerán las perlas de la virgen. De ahí que una de las conclusiones de este artículo es que, en efecto, un punto débil de la democracia es que cualquier candidato prometerá no importa qué, con tal de ganar. Paradójicamente no es posible, ni deseable acotar el discurso político de los candidatos. La solución encontrada, hasta el momento, es una sociedad politizada e informada que no se deje engañar con discursos bonachones. Pero por lo visto, eso es lo que menos interesa a este gobierno, aunque nos lleve con sus buenas intenciones al infierno.