Enrique Escobedo 

Recuerdo un chiste de la secundaria en el cual alguien nos decía ¿En qué se parecen un campanario, un gato negro y un lápiz? Al no saber la respuesta nos decían: Con ninguno de los tres se puede hacer agua de limón. Además de elemental y demasiado obvia la respuesta, lo interesante es que, en efecto, cuando definimos algo por lo que no es en lugar de analizar sus contenidos y atributos, lo que hacemos es desplegar el universo de lo absurdo. Otro ejemplo lo encontramos cuando los políticos no dicen soy diferente y no precisan las distenciones. También cuando nos contestan “yo tengo otros datos” y nunca nos los muestran. Definirse a partir de lo que no somos es una característica de la adolescencia y de la evolución mental. El problema surge cuando se deja atrás esa edad de la vida y nos seguimos definiendo por lo que no somos, ya que eso significa que no hemos llegado a conocernos y reconocernos por la esencia de nuestro ser. En otras palabras, es más fácil definirnos por lo que no somos, que por lo que somos.  

El actual discurso político sostiene que hemos dejado atrás el neoliberalismo, lo cual me lleva a concluir que hemos iniciado un nuevo modelo de desarrollo, así que me puse a investigar las definiciones, características, elementos distintivos, cualidades y cambios fundamentales de eso que desde el gobierno y su discurso llama “post neoliberalismo” y no he encontrado conceptualmente definiciones y características distintivas de esa noción llamado “post”. 

Es cierto que algunos sociólogos y politólogos han definido que ahora vivimos el postmodernismo debido a la caída del muro de Berlín, el fracaso del socialismo real y el fin de la utopía de una sociedad sin clases. Lo cual puede ser debatible, pero el hecho innegable es que su definición está sustentada en el cambio de paradigmas de los modelos de desarrollo, la redefinición del keynesianismo, el Estado interventor, así como por el fin de la Guerra Fría y la nueva política internacional de bloques geoeconómicos. En otras palabras, podemos estar en desacuerdo con esos argumentos, pero no dejan de ser cambios reales en la historia de la humanidad.  

Pero nuestro gobierno mexicano dice que ya no vivimos en el neoliberalismo porque se dice de izquierda, proclama en sus discursos aborrecer esa forma de capitalismo y regresó a la política del gasto público con alta orientación al asistencialismo. En otras palabras, es un cambio discursivo con elementos regresivos a la política social de los años setenta. Mas no hay elementos formales y comprobables de movilidad social, ni hechos históricos significativos en materia económica, ni añadidos conceptuales de lo que significa en su núcleo la transformación, ni mejora en la calidad de vida de los mexicanos. Peor aún, se ha incrementado el número absoluto de pobres, la calidad educativa no mejora, la inseguridad pública se incrementa y la creación de empleo formal con mejores salarios y prestaciones de ley no se visualiza en las cifras de las instituciones del Estado, excepto en las oficinas de la presidencia de la República, pero no las conocemos. 

Utilizar el concepto “post” no significa necesariamente cambio, es más bien una continuidad o prolongación lineal con ciertas alteraciones de matiz. Pero ajena a permutaciones en lo nuclear. Léase, no trastoca las raíces de los problemas y por lo mismo, lo frutos pueden ser más dulces o menos dulces, pero no más. De ahí que cada vez que escucho que ya vivimos en el post-neoliberalismo, sonrío y sin ánimo de debatir en el mundo de lo vertebrado del humo, me acuerdo de aquella adivinanza de la secundaria y, a fin de no perder amistades, les pido que me expliquen su idea de lo “post” que por supuesto escucho y concluyo que es un concepto vacío, insubstancial y carente de toda seriedad política, económica y social. Léase, la nada.