Jorge Gaviño Ambriz
El pasado 1 de febrero, en la sesión ordinaria del Congreso de la capital, se presentó la iniciativa de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México que busca reformar el artículo 8 de la Constitución local para establecer como un derecho constitucional el programa gubernamental “Mi Beca Para Empezar”, que consiste en entregar apoyos económicos a las alumnas y alumnos de escuelas públicas que cursan la educación básica, y que se le denomine como la beca “Bienestar para niñas y niños”.
En diversas ocasiones he sostenido un mismo principio: Importa más el niño que el nombre del niño. En este caso, si un programa de gobierno funciona debe aplicarse (más allá del título que le quieran poner o de qué partido político viene la idea). Sin embargo, en el Grupo Parlamentario del PRD pensamos que, para que realmente sea un derecho universal de la infancia, se debe “aumentar la apuesta para que se amplíe a las escuelas privadas”, tal como lo dijo mi compañera diputada Polimnia Romana.
La iniciativa de reforma original, que pretende destinar las becas únicamente a niñas y niños que estudian en el sistema público, parece olvidar algo sumamente relevante: no todas las familias que inscriben a sus hijos en escuelas privadas tienen un alto nivel económico. De hecho, la mayoría de las familias tienen que hacer un esfuerzo importante para poder solventar una colegiatura (algunas incluso sufren mayores presiones económicas que aquellas que inscriben a sus hijos en una escuela pública) y la pandemia no ha hecho más que agravar esta situación.
La Unicef y Evalúa CDMX realizaron un estudio en conjunto que confirma la utilidad de este programa. Los beneficios no sólo son económicos, antes impactan en lo individual y lo familiar, puesto que la escuela es un espacio importantísimo de sociabilización además de las que siempre le atribuimos: conocimiento, aprendizaje, razonamiento. Pero eso no es posible sin una base de tranquilidad o estabilidad económica y hasta emocional.
Los sacrificios para la educación se dan en todos los frentes. No podemos apoyar a unos ignorando a otros. Sabemos que es posible considerar a una población aún más amplia siempre que la educación sea el fin común y que, sin importar el nombre de la niña o niño, contemplar ese carácter verdaderamente universal: que no se excluya a nadie.













