Es curioso cómo nuestra mente guarda y da sentido, a una pequeña parte de las experiencias vividas en lo cotidiano, sólo concedemos importancia a aquellas cosas que, selectivamente incorporamos a nuestros relatos.

Hay algunos de estos que escogemos con mucho detalle, pero gran parte de la mirada de las experiencias de la vida diaria, pasa de largo como una pequeña señal luminosa en el radar de nuestra conciencia, y sin darnos cuenta entra directo en un vacío histórico.

Muchas de estas experiencias no están tejidas en las tramas o el tema, de los relatos que predominan en nuestras vidas, no las registramos ni les conferimos significado alguno.  Pero en ellas está escondida una riqueza enorme que si sabemos usarla, nos permiten reconstruir los espacios habitados con una nueva narrativa, un punto de partida para desarrollar relatos de vida alterna. Y quizá entonces la pluma con la que escribamos nuestra historia resulte mucho más rica de lo que imaginamos. 

Será que tejamos un relato y lo escribamos una y otra vez con tintes distintos.

UNO

Están en la amplia cocina dominada por el negro, el blanco, el gris, líneas limpias, estilo contemporáneo; estufa, cafetera, y refrigerador de marcas alemanas que parecen siempre nuevas. Él toma una copa de un whisky Glenfiddich de 40 años con dos hielos, que guarda con gran recelo y que pocas veces comparte por lo que ha tenido que pagar por él. 

Ella recargada en la plancha de mármol cerca de él, con un vestido de Catherine Walker ajustado a su diminuta cintura y unos zapatos de charol de tacón de aguja y suela roja. Se lame los labios abultados de colágeno y pasa la lengua por sus dientes blancos.

Los muebles del salón Roche Bobois, hechos a la medida son dignos de un CEO de Wall Street. El reloj de moda, el traje de Hugo Boss y la mirada al horizonte, donde desde el piso 18 se ve el atardecer con  sus mágicos colores. Ella cruza las piernas, se revisa la manicura de $200 dólares y, toma las puntas de su larga cabellera para revisar que no tenga orzuela.