Enrique Escobedo
La frase “segundo lugar es de perdedores” atribuida al legendario entrenador de futbol americano de los Empacadores de Green Bay Vince Lombardi es una verdad indiscutible y, sin embargo, hay quien se felicita por ocupar esa posición. Tal es el caso del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien se vanagloria de ser el segundo presidente o primer ministro mejor calificado del mundo. Se trata de una encuesta de una empresa llamada Morning Consult y realmente no conozco su metodología de medición. Sin embargo, el presidente presume con relativa frecuencia su segundo lugar.
Tal vez hay quienes piensan que dicho cotejo entre poco más de sesenta gobernantes del mundo es algo honroso y, en efecto, desde ese punto de vista pareciera que se trata de un lugar excelente. Empero, a reserva de conocer las variables de medición y la metodología de evaluación, esa encuesta me deja un mal sabor de boca debido a que en política un presidente popular y bien aprobado durante cierta temporalidad no significa que en la historia ocupe un lugar honroso. Tal es el caso de Mussolini, Hitler, Stalin, Hugo Chávez o Nicolás Maduro.
En la historia contemporánea fue el norteamericano George Gallup quien formalizó mediante métodos estadísticos probables y comprobables desde la década de los años treinta del siglo pasado que las encuestas y sondeos de opinión tenían legitimidad, lo cual significa que son encuestas verificables. A partir de entonces los jefes de Estado y de gobierno poco a poco se han ido preocupando por sus niveles de aceptación y los de su gestión. Esa obsesión y vanidad inmodesta han hecho de la clase política una prioridad en el manejo de su imagen como si se tratar de un producto de mercadotecnia y de simpatía tipo concurso de belleza.
En lo personal considero valiosas esas encuetas debido a que reflejan diagnósticos acerca de la marcha de un país en lo inmediato, pero me queda claro que la proyección y el desenlace histórico de las decisiones de los personajes tiene otra dimensión y otro arco de inflexión. Veamos, hace cincuenta años nos gobernaba Luis Echeverría y su rating de aprobación era alto. La sociedad mexicana, en lo general, lo consideraba un parteaguas en el sistema político. Y, en efecto, fue un hombre que realizó algunos cambios estructurales en la vida en México. Pero hoy el juicio histórico ha dimensionado su gestión a la baja.
No viviré otros cincuenta años y no sabré acerca del juicio histórico de la gestión de López Obrador. Aventuro que le sucederá lo mismo que a Luis Echeverría; que su administración será duramente criticada. En el caso del tabasqueño por su improvisado manejo sanitario-asistencial; por su decisión de configurar a la educación sin exigencias de calidad; por su desdén hacia la ecología y el desarrollo sostenido y sustentable; por sus necedades de impulsar proyectos faraónicos costosos y de baja viabilidad de impacto social positivo; por su proclividad a la opacidad y negarse a rendir cuentas; por sus actitudes autoritarias y menospreciar la división de poderes; por dividir a la sociedad y descalificar a las clases medias; por su manejo económico errático y sin rumbo; por empeñarse en regresar al presidencialismo; por su demagogia de combatir a la corrupción y solapar en ese rubro a sus familiares y amigos; por intentar desmoronar la vida institucional de la Administración pública; por pretender violar la Constitución con leyes secundarias contrarias al espíritu del constituyente; por sus decisiones pueriles en materia de seguridad pública; por su falta de atención a la sociedad civil organizada; por descuidar la vida cultural en México; por desasear la política exterior; por ensanchar la presencia de las fuerzas armadas más allá de su razón de ser; por atentar contra los órganos constitucionales autónomos y acotar la vida democrática y, por sus amagos en contra de periodistas y medios de comunicación, por citar algunos ejemplos.
Según esa empresa encuestadora citada arriba, nuestro presidente ocupa una posición preminente entre los líderes mundiales. Sin embargo, por los desfiguros de su gestión aquí señalados me queda claro que el segundo lugar es de perdedores.














