Enrique Escobedo
El 12 de octubre celebraremos el encuentro de dos mundos, el americano y el europeo. Fue un suceso en gran medida traumático. En parte debido a los prejuicios e ideas del eurocentrismo sustentado políticamente en el Derecho Divino de los reyes, su idea de un solo dios, su ambición desmedida por el oro y en el nombre combatir infieles. Por el otro lado las culturas indígenas ajenas a la existencia de otras razas y al desarrollo tecnológico de las armas de guerra sustentadas en la pólvora y los caballos. De ahí que fue una conquista y los europeos decidieron que nos habían descubierto.
Para fortuna de la humanidad esas ideas están demostrando su anacronismo ante la evolución del pensamiento humanista y científico de que somos parte de la evolución de las especies y no del creacionismo teológico. Afortunadamente hemos tenido pensadores universales tales como Miguel León Portilla quien en su magnífico ensayo “Encuentro de dos mundos” nos hizo ver que no se trata de condenar a España y su presencia en el nuevo mundo en torno a su “leyenda negra” sino que el tema es acerca de las reciprocas influencias desplegadas culturalmente y que siguen fructificando. El pensamiento europeo también llamado occidental ha sido y es rico en ciencia, tecnología, cultura y filosofía. Pero ni es el único, ni es “el verdadero”. Se trata de la expansión de unas ideas logradas gracias a unos aventureros que a finales del siglo XV se toparon con estas tierras y las llamaron el nuevo mundo o América. O´Gorman diría que fue la invención de América.
Dije que fue un encuentro traumático por la violencia desencadenada, por los desaseos religiosos y por la imposición del pensamiento unidimensional del viejo continente. Europa trajo a estas tierras, es cierto, desolación. También nos trajo el alfabeto latino, la literatura en forma de novela, la rueda con mayores aplicaciones, concepciones arquitectónicas y, de manera especial, la capacidad de síntesis. Léase, el paso de lo complejo al orden mediante la construcción de partes aisladas y disímbolas al ser fusionadas y organizadas de diferentes maneras. Por la parte americana les aportamos especias, cultura odontológica y anticonceptiva, recuérdese que la tradición judeocristiana repetía el “crezcan y multiplíquense”, el sistema de cuadrícula para diseñar ciudades, entre otras.
Todavía hay quien señala a Cristóbal Colón como el culpable de las atrocidades europeas en este continente. Pero si no hubiese sido él hubiese sido cualquier otro europeo. Eso no tiene remedio. Su tecnología marítima nos alcanzaría tarde o temprano. De hecho, el marinero genovés sin darse cuenta abrió la puerta que desencadenó algo, desde mi punto de vista, más trascendente, la idea de que el ser humano y los europeos no son el centro del universo. Él, junto con Nicolás Copérnico fueron los pioneros. Los siguieron el gran Carlos Darwin con la evolución de las especies y por supuesto Sigmund Freud al demostrar que tenemos consciente e inconsciente y no es dios quien nos habla. El encuentro de dos mundos inició en 1492 y conjuntamente a ese fenómeno Nicolás Maquiavelo escribiría unos cuantos años después su obra “El príncipe” que sería el detonador de la filosofía moderna y la ciencia política.
Por lo anterior y no obstante la herida de nuestro nacimiento como continente occidentalizado es importante continuar el diálogo y la reflexión de ideas en torno a la globalización que hoy vivimos. Esconder la estatua de Colón del paseo de la Reforma bajo el pueril pretexto que utilizó la señora Claudia Sheinbaum no es como se mira hacia adelante. Es esconderse y rehuir al debate.
No reniego de nuestra herencia indígena y me siento muy orgulloso de ella. También me alardea mi legado hispánico. Soy mestizo como la mayoría de los mexicanos. Mis bisabuelos nacieron en estas tierras y toda mi familia, incluyendo la de mi esposa. También mis hijos. A ellos les he ensañado a no caer en visiones unidimensionales de los buenos indígenas y los malos españoles. Somos un pueblo producto del encuentro de dos mundos y eso significa el interés por el cosmos de las ideas, su crítica y autocrática. Solo así se evoluciona. Quien piense que es condenando una parte de lo que somos y venerando a la otra están equivocados.













