Aleinad Mina  

Johannes Vermeer fue un pintor holandés, considerado ampliamente entre los más importantes de su país. Vermeer comenzó su carrera, en el siglo XVII, pintando interiores sutilmente iluminados con una simbología de la época, un estilo que se distinguía por lo tradicional de los holandeses, esta cualidad se convirtió en su sello distintivo. 

Las paradojas que rodean la vida y obra del artista son muchas; la más grande es precisamente su producción artística, “tan cumplida y coherente, en un mundo autocontenido, autosuficiente, perfectamente verosímil y situado completamente al margen de los aspectos históricos de un pequeño recién nacido Estado independiente y las circunstancias biográficas del artista que fue su creador” sostiene María Cóndor, critica destacada de la obra del autor. 

No existen mucha información de Vermeer, poco sabemos de su personalidad artística y humana, tampoco hay ningún autorretrato seguro, así que, al enfrentarnos a si escasa producción (36 obras que se aceptan como suyas) tenemos apenas algo en que apoyarnos para entenderlo. A pesar de que se nos escapa como ser humano, debido a la falta de biografía, es la dimensión humana de su arte lo que ha conquistado en primera instancia a los contempladores.  

Sus obras nos ayudan a contemplar y conocer cómo era la vida cotidiana de la Holanda de los 1600´s, en sus cuadros podremos contemplar todas las clases sociales, desde los campesinos hasta la aristocracia y la burguesía refinada. Y es precisamente esa sensación de intimidad lo que atrae a los espectadores, puesto que la obra te hace sentir parte de la escena. Es muy interesante que, en las obras holandesas, y sobre todo con las obras de Vermeer aparecen personas “corrientes”, especialmente mujeres leyendo, escribiendo o estudiando, este es un aspecto que nos denota que la sociedad holandesa además de próspera económicamente sobresalía por el alto índice de alfabetización. 

Al artista no le interesa contar o inventar historias, no hay acción per se, solo contemplación. Retrata momentos, en algunas ocasiones un sencillo gesto de una mano o cabeza con movimiento, pero habitualmente los personajes aparecen están enfrascados en lo que estén haciendo, sobre todo en sus misivas o en su música, actividades más representadas en sus pinturas.  

Hay un cuadro que es el compendio de Vermeer, El arte de la pintura (1668) donde un artista de espaldas pinta a Clío, la musa de la Historia. Hay otra incursión del pintor en el tema alegórico Alegoría de la fe (1670)repleta de símbolos religiosos. Vermeer ha pasado a la historia del arte por sus escenas de mujeres en la intimidad del hogar, bañadas por una luz prodigiosa, escribiendo o leyendo, tocando algún instrumento musical. Es una delicia conocer la historia de una época, de un país de un artista a través de sus obras, como lo hace Vermeer.