Gabriela Lazcano
Hay momentos en los que uno ya no sabe si indignarse, preocuparse o soltar una carcajada. La política mexicana parece, por momentos, más hilarante que una comedia de Cantinflas. La diferencia es que Cantinflas nos hacía reír y lo que hoy ocurre en México debería hacernos llorar.
Ahí está Rocha Moya: se va, regresa y se vuelve a ir. Después de 112 días pide regresar a la gubernatura y, apenas 28 horas después, anuncia nuevamente que se va. Uno quisiera entender qué clase de país es este y qué clase de decisiones se toman mientras nuestros gobernantes entran y salen de sus cargos como si fueran puertas giratorias.
Y Rocha Moya es apenas un nombre dentro de una historia cuyos protagonistas ya no cabrían en esta columna. Marina, Secretaría de la Defensa, Guardia Nacional, gobernadores, dirigentes partidistas y tantos otros nombres aparecen en una trama cada vez más difícil de explicar.
Lo verdaderamente grave es que algunos políticos parecen haber confundido gobernar con negociar, pactar o aliarse con el crimen organizado. Cuando esa frontera se borra, lo que queda del Estado es apenas una sombra.
No cabe duda de que el Estado que debería guardar y proteger a la nación está fracturado. Y cuando las instituciones pierden autoridad y los ciudadanos dejan de confiar en quienes tienen la obligación de protegerlos, estamos frente a algo mucho más profundo que una crisis política.
Lo más doloroso es que muchos mexicanos terminen depositando su esperanza en que un país extranjero, Estados Unidos, venga a poner orden en nuestra propia casa.
¿En qué momento llegamos hasta aquí?
México tiene leyes e instituciones: Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, Ejército, Marina, Guardia Nacional y organismos electorales. Lo que parece faltarnos es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: honestidad, independencia y voluntad para hacer que las instituciones funcionen.
Porque cuando un partido no solamente concentra el poder político, sino que también logra someter o controlar instituciones que deberían servir de contrapeso, la democracia empieza a convertirse en una palabra vacía.
Y si el Tribunal Electoral, garante de nuestra democracia, pierde ante los ciudadanos su carácter de árbitro independiente, la pregunta deja de ser quién gana una elección y empieza a ser otra mucho más preocupante: ¿quién garantiza que nuestras elecciones sigan siendo realmente nuestras?
Ante tanta deshonestidad, tanta ineficacia política, tanto absurdo y un desmesurado robo de los recursos y de la esperanza de los mexicanos, ¿qué nos queda?
Nos queda la voz.
Nos queda no acostumbrarnos. No aceptar como normal lo que no es normal. No justificar al político que traiciona ni aplaudir al funcionario que fracasa. No cerrar los ojos frente a la corrupción ni mirar hacia otro lado cuando el crimen y el poder parecen caminar demasiado cerca.
Y nos queda, sobre todo, votar.
En 2027 tendremos nuevamente en nuestras manos una de las pocas herramientas verdaderamente poderosas que conserva el ciudadano: la boleta. Habrá que buscar gente honrada, capaz y preparada; gente que no tenga cuentas pendientes con nadie más que con los ciudadanos a quienes pretende representar.
No será fácil. Habrá discursos, promesas y candidatos fabricados desde los partidos. Pero tendremos que aprender a mirar más allá de los colores y las consignas.
Porque México no puede seguir siendo rehén de sus políticos.
Mientras llega ese momento, habrá que levantar la voz, exigir y defender la democracia, aunque resulte incómodo.
Y sí, quizá también habrá que encomendarnos a los santos que cada quien tenga a la mano, porque a estas alturas hasta la ayuda celestial parece necesaria.
Lo digo con tristeza, no con gusto: México pocas veces ha parecido tan enlodado, tan dividido y tan hundido en una podredumbre política y criminal como la que hoy tenemos delante.
Por eso la pregunta ya no es quién se va, quién regresa y quién vuelve a irse 28 horas después.
La pregunta es mucho más grande:
¿Cuánto tiempo más vamos a permitir que México siga así?
Y, sobre todo:
¿Dónde están los ciudadanos dispuestos a rescatarlo?












