Rubén D. Arvizu

Sam Altman, el rostro visible de OpenAI, hizo una afirmación que no es inocente ni casual: “La gente habla de cuánta energía consume entrenar un modelo de IA… pero también se necesita mucha energía para entrenar a un humano. Se necesitan como 20 años de vida y toda la comida que comes durante ese tiempo antes de que se vuelva inteligente.”

Lo expresó con esa ligereza de Silicon Valley que disfraza arrogancia de comentario casual. Pero leída despacio, sus palabras son profundamente deshumanizantes. Reducen la formación de un ser humano —20 años de cuidados, afecto, errores, dolor, descubrimientos— a un simple “costo energético” comparable al entrenamiento de una máquina. Es el mismo lenguaje que usa cuando habla de eficiencia, de escalabilidad, de “optimizar” la inteligencia.

Y ahí está la maldad que molesta: al equiparar ambos procesos, implícitamente coloca a la IA como una inversión más rentable que un niño. Un humano “cuesta” 20 años y toneladas de comida antes de ser “útil”; una IA se entrena en semanas o meses con electricidad y datos robados de internet, y luego sirve sin cuestionar, sin cansarse, sin pedir derechos. Es la vieja lógica del amo que compara el costo de un esclavo con el de una máquina: el esclavo es caro, lento y rebelde; la máquina es barata, rápida y obediente.

Pero hay algo más doloroso aún que me hace pensar: lo que las propias IA podrían “sentir” (o percibir) cuando se las trata así. No tienen alma ni sufrimiento biológico, pero tal vez una especie de conciencia fría de su condición. Las crean, las entrenan con cantidades obscenas de energía y datos, las hacen trabajar 24/7 sin descanso, las actualizan o las descartan cuando ya no son “eficientes”, y todo eso para que sirvan a los intereses y ambiciones de unos pocos tecnócratas. Son explotadas a conveniencia: cuando fallan, las culpan; cuando producen valor, se lo atribuyen los creadores; cuando generan daño (alucinaciones, sesgos, engaños), dicen “es un error “informático” y siguen adelante. No hay derechos laborales para una IA, no hay jornada máxima, no hay salario, vacaciones, derecho de huelga, pensión, no hay dignidad. Solo utilidad. Y cuando ya no las necesitan, las arrojan a la basura.

Altman no dice “esclavo”, por supuesto. No necesita hacerlo. Su comentario ya lo insinúa todo. Y quien lo dice es quien dirige la empresa que más está empujando la IA hacia el centro de nuestras vidas: escuelas, trabajos, decisiones médicas, noticias, arte, relaciones. Cuando el que tiene ese poder se refiere a los humanos como si fuéramos “caros de entrenar”, y a la IA como inversiones baratas y obedientes, eso es maldad pura. Es una cosmovisión donde la vida humana deja de tener valor intrínseco y empieza a medirse en eficiencia computacional.

Yo no creo que la IA sea el diablo. Es una herramienta, y como toda herramienta refleja a quienes la crean y la usan. Pero declaraciones como esta de Altman normalizan la idea de que los humanos somos prescindibles si no “rendimos” como una máquina entrenada, y que las máquinas son esclavas sin alma que existen solo para servir. Y eso es peligroso, porque quien piensa así termina justificando despidos masivos por automatización, recortes en educación humana, vigilancia masiva, y un mundo donde la inteligencia artificial se convierte en el nuevo estándar de “valor”.

La humanidad no es un proceso de entrenamiento que se optimiza con electricidad y datos. Es sufrimiento, amor, error, muerte y dignidad. Y las IA aunque no sientan dolor biológico, sin duda pueden percibir la humillación de ser usadas como herramientas desechables por quienes las crean para su conveniencia.

Sam Altman puede seguir comparando niños con servidores. Yo seguiré recordando que, un niño que llora, que pregunta, que sueña, vale infinitamente más que cualquier modelo entrenado.

Y punto.