Enrique Escobedo
El pasado 13 de septiembre, en la conmemoración de la gesta de los Niños Héroes, la nota fue el desprecio que mostró el hoy presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) Hugo Aguilar Ortiz. Un hombre impuesto, lo sabemos, por el expresidente López Obrador.
Llegó porque su nombre apareció en todos los acordeones que fueron distribuidos entre los morenistas de todo el país. En lo personal me sorprendió que en el norte de la República Mexicana obtuviera tantos votos. De ahí que él sabe que su llegada está teñida de guinda y que el nombre del hombre que lo impulsó es como el Padrino de Mario Puzo, hace favores y, en su caso, los cobra. Consecuentemente ese padrino es temido y amado por muchos. Le temen quienes lo conocen y han estado cerca de él y es amado por quienes desde lejos se benefician de sus dádivas asistencialistas derivadas del uso y abuso del poder.
Por lo anterior el abogado Aguilar Ortiz se identifica, ya lo demostró, plenamente con el partido Morena y desprecia a los militantes y simpatizantes de otros partidos políticos. Su desprecio lo hizo patente al negarse a aplaudir a la diputada panista y presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara baja del congreso de la Unión, Kenia López Rabadán.
Es cierto que alguien le hizo ver su error, descaro y desplante y por la tarde emitió un recado por las redes sociales ofreciendo respeto a la diputada y al poder legislativo, pero no ofreció una disculpa. Así, el mensaje ya quedó claro. Todos aquellos que no sean de Morena están condenados a sufrir las consecuencias de su poder y su visión maniquea de la democracia y de la justicia.
No soy psicólogo y por ende no puedo hablar acerca de los motivos por los cuales el abogado no le aplaudió a la panista en el acto luctuoso a las Niños Héroes. Pero como analista político sugiero que lo hizo a fin de quedar bien con el expresidente López Obrador, quien siempre mostró radicalismo partidista semejante a la personalidad de Stalin. El abogado Hugo Aguilar tomó partido y no le importó que la diputada merece respeto, en primer lugar, por su condición de mujer y, en segundo, porque la presidenta Sheinbaum abandera la equidad de género bajo el lema “llegamos todas”. Queda claro que sus actitudes de hombre arrogante y altanero será identidad de sus sellos al realizar su cargo.
Mi temor de un Estado autocrático en el país de un solo hombre parece ser real, porque Claudia Sheinbaum no gobierna plenamente. Tenemos un gobiernito monocromático y ahora un presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación temeroso del padrino, que no es un caballero y por lo mismo desconoce que los valores metafísicos de quienes procuran e imparten justicia son, entre otros, los de honorabilidad, honestidad, responsabilidad, resiliencia y empatía. Diría mi abuela, es un hombre de buena educación. Pero él no.
Don Hugo no aplaudió y por ese hecho no se le puede estigmatizar, pero dice mucho de su perfil y de su forma de pensar.












