Miguel A. Rocha Valencia

Más allá de si los soldados que entregaron sus armas y fueron sometidos por delincuentes en Michoacán, acción que se repitió en Hidalgo, actuaron bien o no, quedó en evidencia que los grupos armados que operan ilegalmente en el país ya le perdieron el respeto a las instituciones persecutoras del crimen.

Lo mismo policías que soldados, ya no tiene la fuerza que les daba el pertenecer a organizaciones tan respetables como el Ejército Mexicano.

Creo que a estas alturas ya ni los soldados se respetan a sí mismos, porque más que sus armas, entregaron el respeto, autoridad, honor y su orgullo, ese que incluso de conscriptos nos inculcaron sólo por vestir el uniforme militar.

Entregar las armas y rendirse para un militar no es motivo de probidad u orgullo, sino una acción humillante.

Porque las instituciones armadas en México están para cuidarnos, defendernos de los malos, propios o ajenos, de ahí “Defensa Nacional”. Los militares de carrera, de vocación, deben estar avergonzados del episodio, por más que sus jefes lo hayan ordenado.

No lo decimos de ahora, sino de siempre, desde que se permitió la existencia de un “Estado” dentro del Estado Mexicano, cuando se dejó que grupos armados que sólo por ese hecho ya eran ilegales, pudieran asentarse en la selva Chiapaneca e impidieran el libre tránsito, cobraran derecho de piso y de paso a otros mexicanos y extranjeros e impusieran sus propias leyes.

Tal vez esto no guste a muchos, pero esa es mi opinión, las fuerzas armadas fueron avergonzadas. ¿En qué momento y hasta dónde deberán actuar, ya no sólo en defensa del estado de derecho, sino del territorio nacional?

¿Eso lo decide alguien dispuesto a perdonar a “todos”, incluyendo delincuentes? 

Ahora se impondrá la ley del desorden, del más fuerte. La norma queda sólo para los débiles, para quienes creemos en el orden en la legalidad, en los procedimientos.

Son malas señales aunque algunos digan lo contrario.

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