Enrique Escobedo

Me dirán que es muy pronto y que los tiempos para hablar de la sucesión presidencial durante la gestión de la presidenta Sheinbaum llegarán a su debido momento. Tal vez tengan razón, pero quienes han estado en los altos niveles de la Administración pública, saben acerca del Sistema Político Mexicano y han llegado a soltar algunos comentarios nos relatan que la lucha empieza al segundo día de iniciado el sexenio.

Lo usual es pensar en los titulares de las secretarías de Gobernación, de Hacienda, de Bienestar y, en ciertas ocasiones, en la Cancillería. Históricamente se descartaba a gobernadores y miembros del Congreso de la Unión. Sin embargo, el expresidente López Obrador, modificó algunas reglas de operación, por ejemplo: adelantó los tiempos de la sucesión, al tapadísimo lo denominó “corcholateo”, incluyó en la carrera a su favorita y la sobreprotegió, desplegó una vacilada llamada encuestas y utilizó el templete presidencial a fin de afianzar a su partido político. Pero, debido a que el tabasqueño es un hombre sociológicamente priista, maniobró en los recovecos de la legalidad, utilizó recursos federales a favor de su movimiento, denostó a la oposición e impuso a su candadita en un proceso electoral repleto de desaseos.  

El asunto de la sucesión es que nadie toma en serio a quienes hoy ocupan las carteras de Gobernación, de Relaciones Exteriores, de Hacienda, ni a los líderes partidistas de Morena en las cámaras de diputados y de senadores. Mucho menos a los gobernadores morenistas. Así que emergen nuevas plataformas y desde allí se catapulta a la figura de Omar García Harfuch. Un hombre serio y con el respaldo, hasta donde se sabe, de las secretarías de la Defensa y de Marina. Por su parte, la señora Brugada sabe que está desbordada debido a su incompetencia.

Lo anterior es, hasta el momento, un mal diagnóstico, pues se aprecia flaca a la caballada, como diría quien fuera el líder obrero de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), Fidel Velázquez. En otras palabras, Claudia Sheinbaum tiene en su gabinete a recomendados, por decir lo menos, de su mentor. Lo cual significa que desde Palenque se retozará también el juego sucesorio.

De todos es sabido que a López Obrador no le simpatiza el hoy titular de la secretaría de Seguridad Pública. Más aun, lo vetó con el propósito de imponernos a su candidata Brugada y, por lo mismo, hoy se configura la posibilidad de que el vetado sea el posible sucesor de la otrora líder estudiantil. Lo cual significa que lo prudente es que Morena recomponga, pues así le conviene, a sus cuadros políticos poco antes de las elecciones intermedias. Más aún, los resultados de esa elección acabarán por reordenar a los posibles sucesores.

Por su parte, los dos históricos partidos políticos de México, el PAN y el PRI, no tienen aún nombres que despunten promisoriamente. Por su parte, el Movimiento Naranja perfila al joven Colosio. Del nuevo partido en ciernes llamado Marea Rosa no se sabe mucho y los llamados partidos satélites (el PT y el Verde), ya sabemos que serán los comparsas del guinda.

La sucesión presidencial ya inició y Claudia Sheinbaum lo sabe. No le ha dado prioridad pues el crítico panorama económico interno, la crisis de corrupción en Morena y la administración Trump la tienen atosigada. Pareciera que se siente confiada y que en su momento la rescatará una vez más su mentor. Lo cual es un craso error. Ella no debe olvidar que la decisión más importante de su sexenio es su sucesor o sucesora y, por lo visto, es un asunto que la tiene sin cuidado.