Vladimir Galeana Solórzano 

La cantaleta diaria de Andrés Manuel López Obrador ha comenzado a desmoronarse. Las conferencias mañaneras solamente han servido para epitetar a los presuntos adversarios a los que ha acusado de todo sin probar nada. Mantener como un preciado trofeo al exdirector de Pemex, la paraestatal más importante del país, solamente evidencia su lucha contra ese pasado que presuntamente evitó que alcanzará el poder en varias ocasiones, lo que confirma esa particularidad de su personalidad de que se siente un predestinado y hará todo lo posible por distinguirse de los demás.  

De ahí su forma de visualizar las cosas que ocurren en el país, de engañar a los mexicanos con una honestidad que hasta ahora ha quedado evidenciada por los constantes negocios que se le han descubierto al amparo del poder, y la colusión con esos familiares que hasta ahora se han dedicado a realizar jugosos negocios en las distintas estructuras del poder público. Y esa circunstancia se corroboró cuando en uno de sus desplantes mañaneros afirmó que “todos los negocios jugosos que se hacen en el país, negocios de corrupción, llevan el visto bueno del Presidente de la República”, lo que quiere decir que sigue mintiendo cuando afirmó no saber nada de los negocios de su prima hermana. 

Para colmo de males, la investidura presidencial se vio seriamente afectada porque esa mujer que hacía negocios en Pemex, donde recibió contratos por cientos de millones de pesos, y que sigue trabajando para la paraestatal en asociación con otras empresas, y que nunca antes había participado en el sector empresarial, es ahora poseedora de diversos terrenos por donde pasará el Tren Maya, lo que habla de una brutal colusión entre parientes para seguir medrando de los contratos públicos en las obras faraónicas que tiene planeadas el Presidente de la República en los siguientes años. 

Intentar justificar lo injustificable no es más que una burda forma de escurrir el bulto porque la realidad indica que al igual que sus antecesores el señor Andrés Manuel López Obrador no ha desperdiciado la oportunidad de hacer negocios al amparo del poder, y tenga usted, amable lector, la seguridad de que seguirá en la misma tónica porque el actual mandatario es parte de ese sistema corrupto que tanto dijo combatir para alcanzar el poder, mismo que ahora aprovecha cínicamente. Para decirlo más claro, durante toda su vida solamente ha trabajado ocho años: seis de Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, y los dos que lleva en la Presidencia de la República.  

Las últimas auditorías que se realizaron indican que existe un quebranto al erario de cinco mil ochocientos millones de pesos, y que tanto Pemex como la CFE siguen siendo las empresarial del Estado con mayores quebrantos que alcanzan los cuatro mil trescientos millones de pesos. Ni que decir del Instituto Mexicano del Seguro Social que tiene irregularidades por dos mil setecientos sesenta y cuatro millones de pesos. Pero también existen graves irregularidades en el gasto de catorce mil millones de pesos que ha realizado el ahora Instituto de Salud Para el Bienestar cuyo acrónimo es INSABI, lo que antes fuera el Seguro Popular. 

Falta mucho tiempo para conocer a fondo el comportamiento de los principales actores de esta mal llamada Cuarta Transformación que, y han salido igual de pillos que los anteriores, con la sutil diferencia que antes contábamos con certezas y ahora lo único que nos administran es la incertidumbre. El México que tanto trabajo nos ha costado edificar hoy languidece ante la carencia de oportunidades laborales, pero lo peor es que enfrentamos uno de los flagelos más graves de la historia de la humanidad y quienes nos gobiernan siguen engañándonos y minimizando las más de ciento diez mil muertes que ha ocasionado la pandemia del coronavirus. Al tiempo. 

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