Carlos Ramos Padilla


Y algunos gritaron y llenaron al recinto senatorial con aquello de “vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Pensé era la primera demanda pública y abierta para que los miembros de la guerrilla 23 de septiembre dieran cuenta de todos los personajes que secuestraron, asaltaron y desaparecieron. Creí que finalmente, como lo ha hecho Olga Sánchez Cordero, los encapuchados lanza bombas y atracadores de bancos finalmente darían la lista de aquellos seres humanos que violentaron en su integridad y en sus derechos humanos.

Pero no, era un griterío secundando a la arenga de la hija de Rosario Ibarra que recibía en su nombre la medalla Belisario Domínguez y que dejaba en prenda a López Obrador como si la presea y el propio Belisario Domínguez se tratasen de facturas políticas sólo beneficiando a un bando, esta vez, a los crimínales. Que no lo quieren reconocer es otro asunto.

Que la guerrilla operó para construir eventos de terror e intentar derrocar al gobierno en turno, incluso asesinando a inocentes, es parte de lo que queda en el registro. Todo esto ocurre ante un Presidente que no se ha cansado de expresar “nadie por encima de la ley” bueno con sus asegunes, los narcos en Culiacán y hoy, los guerrilleros que se empeñan que sean las Fuerzas Armadas quienes se doblen para ofrecerles disculpas.

Y sí, ocurrió en el Senado de la República al recordar a un hombre ilustre médico e ideólogo liberal constante opositor a Victoriano Huerta. Belisario que una y otra vez encendió al Senado con su franca oratoria en defensa de la libre expresión en importante, fundador del llamado “Club Democrático” dibujando lineamientos no reeleccionistas y mucho menos bajo tentativas absurdas de revocaciones.

Pero aquí así son las cosas. Incluso que el Jefe del Ejecutivo alardea que las cosas van requetebién en materia de seguridad, al cumplimiento de su promesa/calendario de reducir la violencia y a unas horas prácticamente del incendio de Culiacán, la traición, la emboscada de Michoacán y el enfrentamiento en Guerrero. Por cierto, para evitar, como en Sinaloa, que las cosas vayan a mayores, a los funcionarios que se manifiestan frente a Palacio Nacional los rocían con gas lacrimógenos mientras AMLO, irónico, señala, “eso que escuchan son cuetes”.

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