Carlos Ramos Padilla


Pocos o muchos saben que con la educación y con la instrucción pública no se juega. En un mundo tan competido y cerrado el mejor preparado es el que gana, los demás, perdedores, estarán sujetos a las disposiciones y condiciones de los triunfadores. Por ello, el responsable del proyecto cultural más importante del país, el rector Enrique Graue, ha hecho dos defensas y se mantiene inalterable.

La primera, continuar con el examen de admisión a la Máxima Casa de Estudios y pretender así un limpio ingreso de los muchachos más aptos, mejor preparados y con talento para merecer un sitio entre los grandes sabios de la nación. La segunda, la inalterable composición y concepto de autonomía. Estos dos factores son el primer y gran filtro para que los egresados de la UNAM posean una licencia académica para ejercer su profesión.

Debemos reconocer que no todos, por así creerlo, pueden y deben pertenecer a las casas de estudio más importantes del país, la UNAM y el Politécnico Nacional. Por las circunstancias mismas de México y las presiones de cascártela mundial, las nuevas generaciones de jóvenes deben, o pretenden, estar muy, pero muy bien preparadas para conocer y enfrentar los desafíos que están cambiando al mundo en todos los temas, desde el cambio climático hasta la incorporación de nuevas monedas, investigaciones espaciales o rompimientos evidentes de ideologías y sistemas políticos.

La dinámica está arrasando a todos los pronósticos y calendario. Quien no es políglota, quien no es instruido, quien no participa de la tolerancia, quien no se entiende con las matemáticas, quien no sabe de diplomacia y tratados comerciales, así para empezar, esta disminuido en todas sus posibilidades. Hoy las fronteras no son de muros, sino de aquellos que aún piensan que por ignorantes los gobiernos habrán de ofrecerles dádivas para subsistir.

Las comunicaciones vigentes, técnicas y personales, son un reto cotidiano ante tanta información y calificación de eventos. Quien se mantiene solo enterado y no profundiza, día con día recibe los golpes del rezago. Es urgente que en el país se deje a la educación fuera de los torcidos caminos de la política. Los doctos, los maestros, los académicos de envergadura, los sabios, los pedagogos, ellos deberán tomar las riendas de los planes de estudio, de los proyectos nacionales, de los movimientos que nos den consistencia.

Planes como el nuevo aeropuerto o los acuerdos comerciales, a la renovación de energías no tienen que nacer de ocurrencias o terquedades con miras electorales. Son los que han aprendido toda su vida sobre estas materias los obligados a entregar los planos más cuerdos, sensatos, viables y exitosos posibles.

Acostumbrar a la mente, adiestrarla, prepararla para resolver problemas y más, para procurar avances es la tarea a conquistar. Gobierno y sociedad que así lo apliquen ganar terreno y dominio, los demás, aunque suene duro, serán convertidos en esclavos permanentes.

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