Carlos Ramos Padilla

Viciada, contaminada, llegó la nueva presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) al cargo. Con el grito arribista y vengador de “si se pudo” la cargada morenista cumplió un capricho más del jefe del Ejecutivo, colocar una pieza incondicional a su servicio. En los últimos días, no meses, días, la CNDH ha guardado un conveniente silencio por lo menos en tres casos, la toma y secuestro de instalaciones universitarias por una serie de mujeres encapuchadas arrebatando el legítimo derecho de miles de jóvenes a estudiar; la violencia contra migrantes en la frontera sur del país luego de una consigna de “brazos abiertos”; y el recibir con agresión en el zócalo a los miembros de la caravana por La Paz que partió desde Morelos.

Ni un comunicado, ni una posición menos una recomendación. Y así es como hemos entendido el actuar de la familia Ibarra/Piedra que se han movido en la clandestinidad operando a favor de grupos subversivos y comercializando políticamente con el hijo/hermano secuestrado miembro de una guerrilla urbana. La madre, Rosario Ibarra, ha admitido haber aceptado a centroamericanos en su propia casa, de esas células desestabilizadoras que se filtran en el país para convulsionar al sistema político.

La hija, de nombra también Rosario, profundamente ignorante del tema de la aplicación de la ley en relación a los derechos humanos que obligan a la institución a consolidar su fuerza incluso con intensas actividades de carácter internacional. Que pedir a la CNDH por los periodistas torturados, humillados, secuestros e incluso asesinados cuando el propio presidente ataca verbalmente a colegas y se da el lujo de acusar de corrupto y sin pruebas a un director médico que goza de prestigio, biografía limpia y respeto por parte del sector salud.

¿Dónde?, pregunto, está la CNDH para hablar a nombre de los padres agraviados por el ocultamiento de medicamentos urgentes para sus hijos en fase terminal. Ser omiso, negligente o intencionalmente ausente de responsabilidades legales es corrupción. Aceptar un cargo para el cual no se está preparado y por ignorancia sólo cobrar en la nómina para servir políticamente a una corriente ideológica o a un gobierno dando la espalda a la ciudadanía es corrupción.

Señalar públicamente que el “hermano Evo” es legítimo presidente para el pueblo de México es atribuirse un nivel que no tiene y es vergonzoso la sumisión al extranjero cuando aquí en México se suman día a día más muertos. En menos de 24 horas ya se habían dado a conocer los peritajes sobre el accidente aéreo que costó la vida a nueve personas, incluyendo al famoso Kobe Bryant y aquí, sobre las demandas de justicia de los familiares, no se atreven a informar qué pasó con el helicopterazo que mató a la gobernadora de Puebla, aun cuando el gobernador morenista Barbosa declaró que no es la primera ocasión que ocurre un “magnicidio”.

Qué triste y desolador esquema presenta la CNDH con una funcionaria (!?) que no tiene la más mínima idea de qué hace ahí a menos que desde su escritorio se está pensando en defender a los del crimen, a los encapuchados, anarcos e incluso a un tal Ovidio, que por cierto nada se sabe de su paradero.

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