Carlos Ramos Padilla

Lo que decía y hacia Enrique Octavo estaba bien y si no, también. Cambios, imposiciones, decisiones impulsivas lo llevaron incluso a cuestionar su reinado por Ana Bolena. El desencadenante de la Reforma anglicana inglesa fue el deseo del rey Enrique VIII de obtener la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón.

Lo que comenzó como un conflicto político y no teológico, tuvo profundas consecuencias tanto en la gobernabilidad como en su esencia teológica y el pueblo se vio obligado a rechazar al Vaticano.

Enrique Octavo poseía en su despacho un gabinete en cuyos cajones colocaba en orden los asuntos que tendría que resolver. Dependiendo del contenido de cada cajón llamaba a alguno de sus más cercanos. De ahí el nombre de “gabinete” para quienes forman parte del cuerpo de gobierno. Pero el punto es que sin equilibrio alguno a su poder el monarca hacía lo que le venía en gana.

Si acaso recibía alguna oposición cuerda presentaba un plan “b” y se volvía a imponer. Quizá la remembranza histórica no sea la adecuada pero los procedimientos actuales si lo son.

AMLO ha gobernado desde la jefatura en la capital hasta en la presidencia con “bandos” o “memorandas”. Impone obras sin respetar presupuestos ni formas legales de contratación incluso llegando a la inesperada expropiación. Siendo de izquierda, siempre antagónico a la represión y a las Fuerzas Armadas, hoy su mejor aliado es el Ejército para cumplir sus propósitos aplastando a la iniciativa privada.

Hoy, pareciendo una jugada magistral, ni con el retorno al Senado del excoordinador de Morena Ricardo Monreal Ávila fue suficiente para que el pleno lograra designar a la nueva ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de entre las tres candidatas que envió para ocupar la vacante que dejó con su renuncia Arturo Zaldívar Lelo de Larrea. Se prepara entonces el plan “b” y si no pues una designación directa desde Palacio.

En la sesión, las partes mantuvieron su postura de no ceder, pues mientras la oposición reiteró que no pasaría ninguna de las tres aspirantes, el bloque morenista defendió las nominaciones con el argumento de que tener militancia política y haber sido funcionarias públicas no las descalifica.

AMLO entonces no claudica: ha confesado que la gobernabilidad tiene como base la rendición de los otros dos poderes de la unión. Las anteriores consignas que demandaba como permanente candidato han sido sepultadas. Hoy afirma sobre lo visible que “Ernestina Godoy es una abogada extraordinaria, una mujer con principios, con ideales, honesta, lo mejor de lo mejor” (retrato similar a la impune Florencia Serranía, ex directora del Metro).

Evidentemente AMLO no se refirió a los opositores políticos perseguidos sino que justificó señalando que era corruptos en el manejo del uso de suelo, pero de personajes como Layda Sansores o la propia Sheinbaum no comenta nada. Habló el mandatario de los “moches” que recibían los funcionarios (departamentos) a cambio de los permisos de construcción, pero AMLO evade recordar como en el debate presidencial cuando Meade expuso pruebas de dos departamentos propiedad del tabasqueño que no aparecieron en su acta patrimonial, AMLO se zafó argumentando que esas propiedad las había “heredado” en vida a sus hijos cuando ese no era el señalamiento sino cómo los había adquirido. Y no queda fuera el simulado asunto de Samuel García. El caso es que sólo sus recomendaciones prevalecen, sus imposiciones sobresalen y el rompimiento del orden legal es descarado, como en el medievo.