Carlos Ramos Padilla / @cramospadilla

A casi tres décadas del asesinato de Luis Donaldo Colosio, el país es dominado por la incertidumbre, la confrontación y la violencia. Una nación en donde no hay coincidencias ni aportaciones políticas, pero donde si florece el revanchismo y las venganzas.

A casi tres décadas de su cobarde asesinato, persiste un México con hambre y sed de justicia y continuamos agraviados. No sabré nunca si Colosio se hubiera perfilado como un buen presidente, pero sí aseguro era un hombre educado, con estructura de líder, confiable en sus pronunciamientos, institucional y leal a sus principios y amigos. Presentaba un proyecto de nación, miraba al futuro.

Sus funciones públicas le permitieron entrar a la epidermis social. Era carismático, pero no fácil. En su biografía no se atribuye irregularidades o escándalos y supo enfrentar traiciones y torpeza hasta del mismo Salinas de Gortari y qué decir de Manuel Camacho Solís y Marcelo Ebrard. Estos tres personajes se encargaron de hacer turbios sus últimos momentos de vida.

Se valieron de la traición política y manipulación social para cubrir sus intereses de poder. La fuerza y tono del discurso colorista, el contenido de sus ideales y su enorme capacidad de oratoria molestaban a un desesperado Camacho y a su incondicional operador Ebrard.

Intentaban armar una plataforma que los llevara a la presidencia creando un partido, desde el gobierno del Distrito Federal, en la Secretaría de Relaciones Exteriores y como auto impuestos mediadores de la paz en Chiapas durante el enfrentamiento con el EZLN. No lograban crecer, pero si torpedear con la extraña autorización de Salinas en un juego macabro e insensato.

Colosio estaba contracorriente: un presidente fuerte pero indeciso, un país violentado por unos insurrectos encapuchados armados y financiados por la izquierda, un PRI fracturado y maloliente y la barrera ideológica con personajes como Muñoz Ledo o Cuauhtémoc Cárdenas.

Si en las plazas callejeras operaba Ebrard, en los corredores de Palacio un oscuro personaje se paladeaba rompiendo cimientos y bases para la elección: José Maria Córdoba Montoya.

A casi tres décadas el nombre de Luis Donaldo Colosio vuelve a tomar fuerza no por homenajes de escenografía barata, de protagonismo enfermizos o de ocurrentes desfiles de políticos que se conocen como la “viudas de Colosio”.

El colosismo toma vitalidad por la conducta, madurez, congruencia, rectitud y figura de su hijo, aquel pequeño de 8 años que en el 94 destaca por su brillantez e inteligencia, me consta y lo he platicado con él recordando sus participaciones, desde pequeño en mis programas informativos de radio en el IMER siendo su director Don Jorge Medina Viedas (QEPD).

La popularidad de Colosio hijo crece aún sin proponérselo. Está en la memoria colectiva y en el reconocimiento público aun cuando el actual gobierno se empeña en debilitar a todo lo pasado.

Luis Donaldo hijo recuerda en el alma y corazón las palabras de su madre Diana Laura cuando ante el féretro de su marido señaló “mi venganza será mi perdón”. Colosio jr. dice “bajo esos estándares de calidad moral quiero vivir toda mi vida… tengo el gran ejemplo de mi mamá y mi papá que lo dieron todo por su gente, tengo que honrar ese legado”.

Repito nunca sabré si Luis Donaldo padre hubiera sido un buen presidente, pero si estoy convencido que Luis Donaldo hijo posee todos los atributos, genes, deseos, educación y clase para hacer de este país algo promisorio, UNIDO, para que los que aquí nacimos podamos volver a presentarnos ante el mundo con orgullo y seamos, como antes, respetados. Y eso sí que me gustaría verlo y escribirlo.