Enrique Escobedo
En calidad de mexicano me duele escribir este artículo, pues mucho me temo que el presidente manda desde algún lugar del sur cuyo nombre no quiero recordar y la vicepresidenta firma desde el palacio nacional todo lo que él le indica. Digo que es doloroso por al menos tres motivos. El primero porque Claudia Sheinbaum es formalmente quien protestó cumplir y hacer cumplir la Constitución, el segundo porque es la primera mujer que ocupa la titularidad del poder Ejecutivo Federal mexicano y su comportamiento es, de alguna manera sumiso a un varón de Macuspana y el tercero porque cuando se asoman algunas diferencias entre ella y el expresidente, se deduce que, en un absurdo juego de vencidas, ella es la derrotada. Aludo a tres ejemplos: la designación de la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos, las asignaciones exorbitantes del presupuesto 2025 al tren maya y haber tenido que contener la política de seguridad pública a que inició Omar García Harfuch.
La figura política de la vicepresidencia es amplia, laxa y porosa. En lo general el cargo obedece en primera instancia a una fórmula política de sumar grupos de trabajo dentro de un mismo partido. La idea es que supla al presidente en caso de que llegue a faltar, por lo que en términos de realpolitik su desempeño tiende a ser de figura decorativa a fin de asistir a actos internos e internacionales con la representación del presidente. También, en ocasiones, se le encarga ser mensajero de confianza en ciertos asuntos. No tiene ascendencia dentro del gabinete y tampoco con los poderes legislativo y judicial. Sus discursos son acotados y eco de las palabras de su jefe, por lo que escucharlo es aburrido y la prensa no le pone atención a lo que dice. Es cierto que en nuestro país dicha figura existió durante gran parte del siglo XIX y a principios del XX, pero con la Constitución de 1917 ese puesto se omitió por irrelevante.
He sostenido en varios artículos que Andrés Manuel López Obrador se preparó a fin de tener el poder, pero no para ser El Presidente de la República Mexicana. Fue notoria su impreparación en teoría básica del Derecho, su desaseo en el cuidado de las formas, su desconocimiento en economía, su menosprecio por la ecología y su ambición desmedida e inescrupulosa por el poder a costa de dividir al pueblo mexicano. Todo en nombre de una ideología quimérica carente de bases sólidas bases del desarrollo integral sostenido y sustentable.
Por su parte, a Claudia Sheinbaum se le nota que demostró interés por prepararse y adquirir conocimientos en el arte del buen gobierno, pero que lo aprendido no lo materializa porque ella sólo es un instrumento de su mentor. Cabe hacer notar que comparte la misma ideología morenista, lo cual es plausible. Empero el ejercicio de la Administración pública tiene su parte pragmática independientemente de la ideología. Consecuentemente, al igual que su antecesor, sus torpezas empiezan a notarse.
Gobernar es decidir y, en muchas ocasiones el dilema no es acerca de la decisión políticamente óptima, sino tomar la menos mala de las opciones. Así siempre ha sido el ejercicio del poder público y por lo mismo es importante saber deslindar cuándo el asunto es ideológico y cuando es realismo puro. Léase, no todo es ideología.
El expresidente sigue operando y se nota que maneja los hilos del poder. La mitad del gabinete lo impuso y es claro que esos personajes le responden a él en primera instancia. De ahí que, para fines prácticos, la figura de vicepresidenta es lo que estamos viviendo en México.











