Miguel Ángel López Farías

El 15 de mayo de este año comenzó la temporada de huracanes para nuestro país, por esos días  se señalaba que este 2021 sería de sequías, la advertencias se destinaban a amplias regiones del país, los números de presas en su mínima capacidad nos aventuraban una crisis para el campo, ningún especialista detectó lo que hasta este mes de septiembre se presentaría: una secuencia de fenómenos meteorológicos que golpearían al país, el caso es que ha llovido de manera abundante y continua, provocando lo que hemos visto: poblaciones inundadas o incomunicadas, abandonadas ante el caudal de ríos o de deslaves.

Sea Veracruz o el Valle de México, las regiones involucran a los más pobres, y en el colmo, hasta aquellos 16 pacientes de un hospital del IMSS en Tula, Hidalgo, mismos que perdieron la vida tras las inundaciones de hace unas horas.

Cualquier estudiante de secundaria con un mapa en la mano, sabe que México es un platillo suculento para desastres meteorológicos, que los litorales, tan hermosos ellos, son también, un imán para estos fenómenos de la naturaleza…

Así ha sido y así será hasta que el mar nos trague, es por ello que ningún ser inteligente alcanza a comprender el por qué el presidente de la República determinó “machetear “la caja de primeros auxilios conocida como FONDEN, una herramienta que ha funcionado como mecanismo de auxilio económico y logístico para aquellas regiones (que son muchas) del país que año tras año, huracán tras huracán, son arrasadas.

El golpe de realidad para esos mexicanos que hoy perdieron todo es una muestra brutal de que no pueden confiar en sus autoridades, ni las locales ni las federales, pues el que se haya permitido la desaparición de ese fondo sin que los gobernadores o alcaldes hayan elevado de manera enérgica la voz los convierte en artículos decorativos.

Pero existe algo mucho más delicado y que nos empuja a ser condenados en un tiempo muy cercano: el cambio climático como señal de alarma para una geografía como la nuestra y que no merece el mínimo respeto ni atención de esta administración, misma que demuestra desprecio hacia los temas de las energías renovables.

El planeta se bate entre continuar con la explotación de recursos fósiles y su consecuente daño en la temperatura atmosférica y calentamiento de los océanos o en romper de manera tajante e integrarse de lleno a la utilización de energías limpias.

México es el chamaco mal aplicado de la clase, sus autoridades se entercaron con el petróleo y apuestan a refinerías, creyendo que el petróleo nos sacará de pobres, mientras las ciudades o las costas son tragadas por el agua.

La naturaleza, esta implacable jueza, nos va a recordar con creces el error de haber permitido que gobiernos ecocidas se impongan por encima del sentido común, mismo que nos grita que el tiempo se nos acabó.