Miguel Ángel López Farías
La fanatizada le compró eso de que sería el mejor encuentro de la historia, que esta selección y su encendido director técnico no eran como los anteriores equipos, que ahora sí pasaríamos del quinto partido, que se agarren las demás escuadras porque estás nuevas piernas anotarían tantos goles que harían gritar al público bueno en las gradas…
Se acabó la corrupción y compra amañada de jugadores, ningún favor entre amigos ni entre familiares, solo los mejores, los más honestos… y así saltaron a la cancha, los minutos comienzan a pasar, un ataque por aquí, un pase largo que no es bien decepcionado, la improvisación se hace notar, muchos gritos del DT, exige micrófonos durante el encuentro para ir explicando lo que por sí mismo se nota que es un mal partido, pero él se enoja y culpa a los reporteros por estar narrando el encuentro, uno que hace que la gente se comience a salir del estadio…
Mientras, la Selección Nacional se mete con el público, situación que provoca que no se concentren en el balón y de pronto ¡¡zaz!! Cae una anotación de los contrarios producto de un mal parado de la defensa… gol de la inversión extranjera, vamos perdiendo… otra pifia en el medio campo, el técnico señala al abanderado, quiere “comérselo” ante una falta inexistente…
La jugada sigue y viene otro tanto, y otro, y otro, y otro. El caos reina en la banca de la playera del equipo nacional, en el público hay golpes, acusaciones, el DT ya tomó parte de la trifulca y aviva los ánimos entre los porros contra las familias que quieren largarse del estadio.
Los comentaristas deportivos exigen la salida de varios jugadores, que los cambien, las estrellas nacionales culpan a las condiciones de la cancha, que no fue arreglada, que los están boicoteando, que no le dieron mantenimiento y para colmo, parte de la estructura del estadio se viene abajo.
Es el desastre total, el técnico nacional recurre a la distracción, acusa a los vendedores de cerveza, a las taquilleras, promete comprar un nuevo estadio, uno con aeropuerto, sus cronistas de cabecera cierran la boca, la goliza es inocultable.
Los 11 en la cancha patean sin sentido, se va sabiendo que unos ni futbolistas son, que fueron puestos ahí para continuar con el multimillonario negocio de los promotores, contratos con fuertes moches para el director técnico.
México se va agachando poco a poco, apenado por el espectáculo en este mundial, nuevamente la selección es de unos ratones y apenas van los primeros 45 minutos.
Viene el medio tiempo, el técnico de la selección agota su repertorio de trucos, no sabe que inventar, ya se puso de portero, ya se metió de defensa, ya aburrió en la media y en la delantera no ha podido siquiera quitarse la marca de su sombra, se tropieza con sus agujetas sueltas.
Y se resiste a los cambios, deja que sus muchachos sigan acumulando faltas y muchas propiedades… eso sí, le ha gritado al público que la culpa la tiene el maldito árbitro ciego, que lo saquen, que lo linchen, y ahí tienen a los adoradores de su playera queriendo incendiar la casa del silbante… triste, lamentable.
México se dirige a una nueva derrota, una que duele mucho, pues nos regresa a los últimos sitios de la tabla de potencias de la FIFA. Goliza, humillante, penosa, llena de autogoles, anotaciones que no deberían haber sido: allá, por la zona de los anuncios de aeropuertos, por los letreros de las medicinas oncológicas, por el espectacular de los rieles mayas, los banners del “quédate en casa”, goles que fueron entrando en la portería sur…
Eso sí, el torrente de justificaciones del DT es similar al de hace otros mundiales, mismos pretextos, mismas promesas, de que ahora sí, en esta segunda mitad vendrá lo bueno.
Mientras, en los baños del estadio se escucha una balacera, varios muertos, entre ellos niños, pero eso no importa, el DT dice que no pasa nada, que es un ataque de sus adversarios del equipo contrario para tratar de desconcentrarlo. Y en casa, millones de espectadores apagan su televisor, pidiendo que este partido se termine por el amor de Dios.










