Miguel Ángel López Farías

Óscar Chávez, para muchos fue guía intelectual, su música nos acompañó en la niñez, nuestros padres lo tarareaban, así recuerdo a temas que don Miguel soltaba: «Por ti» pegajosa, así nos íbamos a la escuela, con el sonsonete musical en la mente.

Después vino Gabo, «Cien años de soledad», «Macondo», así supimos que el realismo mágico del colombiano tenía traductor en una guitarra, lo sé, para muchos, otros autores han acompañado a sus infancias, sus citas, México ha sido prolífico en letras y cantos, pero, como decir que Óscar Chávez fue el de los que romancearon con la protesta, con la rebeldía, que construyeron islas de libertad y de libre pensamiento.

Chávez, el bueno, Óscar revivió a la «niña de Guatemala» María García Granados, hija del general Miguel García Granados, presidente de Guatemala en 1871, quien invitará a las tertulias a José Martí, ahí, ella se enamoró del libertador de las Américas, él no podía corresponderle pues estaba comprometido en México con la señorita Carmen Zayas.

«La niña de Guatemala» murió de tristeza, y solo la pluma de un lector, de un hombre -conciencia como Óscar Chávez- era capaz de volver este drama en un poema en torno al espíritu de lucha de una América que no alcanza su mayoría de edad.

Creí pertinente recordarnos a Óscar Chávez como un parteaguas en una nación como la nuestra que ha bebido de las derrotas, de la sumisión, que respira engaños y falsos héroes, un país incapaz de levantarse con la belleza de la historia que nos corresponde.

Ojalá el universo millenial se asome a esta veta de talento y de conciencia. Hoy, en tiempos de virus y de frustraciones, uno de los mejores pensadores musicales se retira a ver cómo su obra continúa siendo tarareada en aquellos que soñaron con una verdadera revolución social.