Miguel Ángel López Farías
Más de un presidente ha recurrido a la figura del Papa, desde que la laicidad valió un sorbete, el sumo pontífice se convirtió en el mejor publirrelacionista de diferentes gobiernos, y lo hacen cuando sus gobiernos entran en crisis.
López Obrador no iba a ser la excepción, pero esto es un chiste ya viejo, en realidad la presidencia de la República ha entrado en un abismo mayor, el no saber que harán con el brutal desplome de la economía.
En estos momentos no hemos calado más que de manera superficial el desastre, el polvo de los edificios colapsados no nos dejan contabilizar los damnificados.
Caer 10 puntos del PIB es para que se nos declare pérdida total, el COVID-19 no nos deja pensar en otra cosa que no infectarnos, no morir, pero poco a poco el andamiaje de los sectores productivos se irá colapsando, la proyección es real, no se está invirtiendo, vivimos de ahorros o del crédito, el dinero que circula lo hace a marcha lenta, sectores empresariales dependen de tanques de oxígeno que tarde que temprano de agotarán, la ruta ya la sabemos, cierre de empresas, fuga de capitales, despidos y una mayor crispación social, aumento de la delincuencia y niveles de enojo y frustración nunca antes visto.
No es un deseo, es la proyección que distintos funcionarios del más alto nivel que aplican uso común y utilizan la razón están considerando. Lo diré una vez más, el gobierno de la 4T se acabó muy rápido… y ni siquiera es responsabilidad de sus adversarios, fueron ellos mismos los que traicionaron, transaron con su propia revolución.
Tanto que ni el Papa los habrá de salvar tal y como ocurrió con otros presidentes que sabían cómo llegarle al pueblo. Aquí ya ni pan ni circo.