Miguel Ángel López Farías

Es LA PATRIA, así, con mayúsculas, se trata de la casa que nos recibió al nacer, dejemos esto en claro, no es el Estado, no son sus gobiernos, esos, venturosamente son pasajeros, lo permanente es la geografía y con ello, su gente.

Podemos estar enojados y cargar alforjas de rencor, ser objeto de división por parte de los miserables que ven en la polarización una fórmula para perpetuarse en un monumento…

Pero de esos buitres, ya hemos sobrevivido, han pasado y seguirán tropezándose con el juicio de la historia. Aquí se trata de esa montaña al estoicismo llamado MÉXICO y que carga el corazón de LA PATRIA.

Somos el alma ardiente de la pasión por todo, país de extremos, de llanto fácil y de temperamentos volátiles… y eso sí, profundos herederos de distintas sangres que se resisten a caer, que no se rajan, eso es un mexicano, un NO RAJADO. Pues si algo hemos probado es la pócima amarga de la derrota, de ese golpecillo en el pecho que produce el abandono ante las tragedias pero que muta en coraje, en el mantra del “¡¡¡Sí se puede!!!”.

¿Cuántas veces nos han declarado muertos?, ¿Cuántas crisis políticas, militares, económicas traemos como fuetazos en la espalda? Y ¿Cuántas veces hemos surgido de los escombros para conmover al mundo gritándoles que seguimos vivos, que seguimos de pie?

No se nos olvide, los mexicanos También sabemos ganar. La exaltación nacionalista de la independencia nos cae muy bien para sacudirnos la modorra y míranos en el espejo de agua, aceptar que somos lo que somos gracias a el choque de dos continentes, de la grandeza y miseria de dos potencias, que las conquistas terminan siendo fusiones y que las independencias nos arrojan a la búsqueda de una solo identidad, pero no al aislamiento… nadie es independiente del todo, ni los hijos de los padres, ni las naciones de sus formadores.

Las manos que buscan alterar nuestra acta de nacimiento son muchas, y si bien somos de contrastes, también resaltamos cómo una sola unidad viviente, que de alguna manera avanza hacia las gradas de los retos…

Desde la Independencia nos hemos caído tantas veces que ya nos es fácil sacudirnos el polvo y como el sol, volver a aparecernos a la mañana siguiente. Si alguien pregunta en qué somos buenos, ahí la repuesta: en la cohabitación con las desgracias mientras seguimos sonriendo o celebrando algo, con cohetes y tequila de por medio.

Ese es nuestro súper poder, que, en LA PATRIA, nuestro techo el cielo y nuestra cama la tierra, todo es mágico, surrealista, amorfo y profusamente adornado de misticismo, nada es absolutamente indígena y nada es absolutamente español, aquí todo se es mexicano.

Con o sin dinero en el bolsillo, con o sin corrupción, con o sin violencia, con esa adicción a las mentiras piadosas y devotos de santos y vírgenes, ya sea Quetzalcóatl o Jesús, María de Guadalupe, Coatlicue o Ixchel, ya sea que nuestros ojos vean desiertos o la mayor variedad de verdes en las selvas, con litorales y ríos abrazándonos, ya sea que seamos hijos de los volcanes o vecinos de los socavones, que nos inundemos o nos sequemos.

A esta PATRIA se le celebra. Nuestro lujo, nuestra resistente madre y padre. Una PATRIA demasiado paciente y extremadamente generosa. ¡Y si, que me entierren aquí, pero antes, que viva México!

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