Miguel Ángel López Farías  

Las mujeres son fuertes, su constitución biológica y mental ha sido dibujada para resistir mucho más que el hombre, el parto es una de las ventanas de esa resistencia ante el dolor, por no mencionar todo lo que se relaciona con cólicos menstruales, o sea, ellas son capaces de ir más allá del umbral a diferencia del hombre.  

Solo que nuestro dominio ha sido psicológico, inventados como los cazadores, amos y propietarios de un mundo en el que históricamente se ha relegado a la mujer. Claro está que muchos varones entienden la superioridad de ellas y han luchado por dotarles de un lugar en la tabla de las equidades.  

Pero estamos a años luz de que el piso parejo sea una realidad. Hoy todo mundo se viste de naranja, las mareas de opinocratas se vuelcan en frases que pretenden acercar la cobija de la igualdad y el rechazo a la violencia en contra de las mujeres, ya sabemos, es ese ritual que adormece a las conciencias, pero que no conjura los demonios del día a día, en donde los patanes continúan agrediendo a ellas, sea desde el hogar o en una oficina, las bestias disfrazadas de hombres solo se esbozan por un instante, pero al menor descuido vuelven al ataque, es el juego de la hipocresía tan nuestra, tan del planeta. 

Vistámonos de naranja, está bien, pero repasemos las brutales cifras de mujeres asesinadas en México, sacudamos la alfombra que esconde debajo a todas estas víctimas de violencia laboral, familiar, escolar, los cientos de miles que sencillamente decidieron no abrir la boca por miedo a ser excluidas de un mundo de privilegios en donde los varones deciden cómo y cuándo entran a escena ellas.  

A las mujeres les debemos mucho, y el solo hecho de haber resistido por años la bota cruel de un mundo amasado por el hombre las convierte a ellas en sobrevivientes, dignas para ocupar mejores posiciones en todos los sentidos, una mujer presidenta, una mujer como Papa, más ministras, más senadoras, más diputadas, mujeres líderes de partidos políticos, más presidentas municipales, más mamás al frente de empresas, más pilotas aviadoras, mujeres secretarias de la Defensa o Marina, mujeres que desde la niñez sepan lo que es un mundo de justicia e igualdad, sin ser acosadas, sin recortes salariales, sin la brutalidad de los instintos sexuales de los que acechan desde oficinas o transporte público.  

Los hombres debemos reconocer que hemos fracasado en distintos campos y etapas de la historia y que hacia ellas no solo bastan los homenajes o recordatorios de que no debemos agredirlas, sino regresarles la silla que por derecho les toca: la de llevar las riendas de este planeta. A ellas todo, por valientes y resistentes. 

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