Miguel Ángel López Farías

Visite la tumba del general Antonio López de Santana, él está enterrado en el panteón del Tepeyac, de hecho, están sepultados muchos y muchas que le significaron orgullo o muchos dolores de cabeza al país.

Frente a la tumba del héroe de Veracruz (peleó contra la invasión francesa y ahí perdió una pierna y un dedo en 1838…), pero de ese capítulo la historia lo recuerda poco, más bien, López de Santa Ana es el “monstruo” que “vendió la mitad del territorio” mexicano a los gringos.

Santa Ana fue presidente de México durante 11 ocasiones y aun así no llegó a sumar 6 años al frente de la República. Su vida estuvo plagada de historias heroicas, cargada de una picosa personalidad, tirado a el juego de gallos y a andar enamorando a cuanta mujer bella se le atravesara, al también héroe de Tampico se le atribuye una ambición desmedida por el poder, ya en su último período de gobierno en 1853 le dio por otorgarse amplios poderes convirtiéndolo en una caricatura peligrosa y a la postre, en alguien muy odiado por antiguos jefes militares y el pueblo en general. 

Muere en el olvido, abandonado y en frecuentes fiebres seniles que le hacían gritar dando órdenes a un inexistente Ejército.

En la calle de Bolívar número 14, en el centro histórico…actualmente hay un restaurante.

Santa Ana era un seductor, populista le dirían hoy, tenía un discurso para cada oído, le gustaban los plebiscitos y rara vez los perdía, es más, antes del plan de Ayutla (el mismo que lo derroca) en 1854, el xalapeño había organizado uno para ampliar su mandato presidencial y lo había ganado… solo que, en esta ocasión, su pueblo “bueno” no salió a ayudarlo y su “alteza serenísima” tomó nota de que era su fin.

No puedo evitar el relacionar a una personalidad del pasado con tenga uno de sus alumnos más aventajados, también un seductor de la plebe, uno que cree que nació para salvar a el país de invasores imaginarios y enemigos auto inventados. Pero este no es el punto. 

La tumba de Santa Ana me provocó pensar en lo puntual que son los juicios de la historia, demoledores con ciertas figuras a grado tal que sepultan las virtudes y subrayan los defectos, Santana, un militar de aquellas épocas de un México joven, sin dinero en las arcas, jaloneado por facciones y atacado por ejércitos extranjeros y que llevó las riendas de esa nación y el cual es referente en nuestros tiempos de ser el padre de toda una tradición de políticos vendepatrias, corruptos, sin escrúpulos y muy adictos a sí mismos.

Los tribunales que escriben estas páginas son aplastantes y eso deberían saber los que hoy se asemejan a las sombras de un Santa Ana tropicalizado actores del mismo guion de promesas vacuas y futuros que no llegarán, eso sí, magos, que, como Santa Ana, tenías carretadas de palabras para llenar la imaginación pero que no satisfacían los estómagos.

El péndulo histórico se mueve y los villanos salen de sus rumbas y dictan a los vivos de los viejos palacios aquellas recetas que los empujarán a el fracaso. ¿Qué se dirá en unos años de los modernos Santa Ana? ¿Tendrán conciencia los que hoy se sienten los transformadores? ¿Sabrán que todo tiene una fecha de expiración? ¿Qué el miedo y el odio se les regresará? ¿Qué no habrá escapatoria para el juicio?

Regreso la mirada a la tumba de Santa Ana y solo concluyó con esto:  los que hoy creen que no pasará, que serán invisibles ante el boomerang de los juicios, sepan que dictadores como el de Veracruz creía lo mismo y terminó loco y solo… y repudiado por el mismo pueblo que lo llevó al poder.