Miguel Ángel López Farías 

Todos los que leemos o escuchamos este comentario hemos perdido a alguien en esta larga noche covidiana, los hilos rojos del destino no son agujetas sueltas, están unidas a un rosario de historias, de ausencia física, de fallecimientos, en esas pequeñas hojas individuales se escriben letras de dolor, es en esas miradas con llanto en donde se refugian las historias personales. 

No ha importado la condición social, claro está que una chequera puede levantar a un ejército de médicos y abre camas de hospitales, pero la democrática pandemia se ha encargado de colocar en el mismo taburete a ricos y pobres, morir asfixiado, ahogados de miedo y desesperación es de esas estampas que serán muy difícil de borrar, que los retablos mentales de médicos y enfermeras están repletos de escenas de batallas en donde los cuerpos pelean por dale oxígeno a los pulmones, los pasillos de esos hospitales como campo de guerra, los cementerios como narrador silencioso de tantos cientos de muertos, muchos de los cuales no deberían haber llegado ahí, ese es el drama real que no hemos dimensionado, el que, dentro de un mes, en la próxima navidad habremos de elevar cómo solicitud hacia el cielo del por qué llegamos hasta esta zanja. 

Para muchos nada será igual, deberemos aprender a cargar con los más de cien mil muertos, habremos de cincelar este luto en lo más profundo de la piel. Cien mil muertos son cien mil historias, que no se nos olvide que si continuamos respirando es porque de alguna manera líbranos la ruleta rusa, pero que en más de cien mil hogares no se corrió con la misma suerte, y no serán suficientes las explicaciones oficiales, ni la sonrisa burlona de quien debería haber encabezado el mayor esfuerzo del estado para hacer hasta lo imposible para cerrarle la puerta a la muerte por miles.  

No quiero imaginar que nos esperan en estos festejos navideños, cuantas sillas quedarán vacías, cuantas mesas se quedarán sin cena por que el luto se hizo de ese hogar.  

Nadie se atreve a generar la crónica de estos días malditos. La confusión y la negación nos han enfriado las emociones, pero esas líneas reales de lo que entre los mexicanos nos ha ocurrido deberán salir para contar todo el sufrimiento que nos inunda, hoy, que México entierra a sus cien mil muertos no queda más que preguntarnos: ¿ellos y ellas merecían morir? 

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