Miguel Ángel López Farías  

Dos rostros del México de los mil sueños, la primera, la marcha del millón, es el resultado de la industria del acarreo, con costos económicos que rondan los 500 millones de pesos.

La otra la derrota de un seleccionado nacional de fútbol que ya había perdido desde que subieron al avión, también, como producto de la máquina de los milagros, las televisoras y los poderosos patrocinadores.

¿El resultado? Un terrible conjunto armado con «jugadores cristal», desentendidos del sacrificio y del pundonor.

Este pasado fin de semana nos posiciona como el paraíso de los espejismos, aptos para un público gustoso de consumir cualquier mentira, la ocupación de la plaza para corear más falsedades, para alimentar al mentiroso que llevamos dentro, para vitaminar al decadente líder que respira urgido por más trucos, por qué el espejito -espejito le siga susurrando que él es el mesías más bonito…

Y los 11 de verde, jóvenes que no saben, no quieren saber, les vale saber que los triunfos se consiguen entregando el alma en la cancha, no lloriqueando cuando la derrota se asoma.

Solo que esto no hay que decirlo muy fuerte, pues el aparato de los sueños se puede enfurecer, ya que se le exhibe con desnudez el vil propósito de mantener idiotizada a la concurrencia… y en este país de simulaciones es pecado capital tratar de despertar a los niños- ciudadanos que duermen el sueño de los injustos.

¿Qué espera el mexicano para asomarse a el abismo y tomar un poco de valor para darse cuenta que el monstruo que habita en el fondo no existe? 

El demonio de nuestras desgracias cohabita en el ADN de cada uno de nosotros o ¿Por qué razón es que aceptamos ciegamente un destino infestado de derrotas? ¿Del inexplicable ejercicio de creernos las trampas de un «líder» que por sus fallas de origen e infinito rencor determinó fracturar a el país que juro defender? ¿Por qué le pusimos la playera de la selección un santo niño sin reparar que nos han estado vendiendo espejitos?

El ambiente de confusión, de extravío, de soledad y abandono es real en esta nación, depositarios de años y años de medianía, de esperar que la «Rosa de Guadalupe» nos haga el milagro, que el balón entre y nos lleve a un empate, mediocre empate, llorón empate.

La misma dosis para esos integrantes de una movilización humana que nada tiene de voluntaria y si de impositiva, con seres que habrán de repetir la misma vida de miseria lo que sus padres y abuelos tuvieron, y desgraciadamente heredarán a sus hijos y nietos, pues si algo tiene este círculo vicioso es que quienes apuestan por los «salvadores » rara vez serán salvados, a lo mucho, tendrán el signo de ser la eterna carne de cañón de esta cuarta, quinta, sexta y las que vengan «promesas de transformación».

Pero como todo en la vida, esto puede cambiar, y sucederá en el momento que los despiertos sean mucho más. Cuando la borrachera nos cueste tanto, que solo quede acudir a la terapia de shock y entonces sí, renacer.

¿Estaremos vivos para ello? 

Solo hasta que nos hartemos de comer y beber tantas mentiras.