Miguel Ángel López Farías

Es un campamento inhumano, llevan meses asentados en la avenida cien metros, zona norte de la ciudad, son más de cincuenta casas de campaña y sirven de alojamiento para más de cien personas.

Migrantes, niños, mujeres, pocas de la tercera edad, de distintas nacionalidades, acentos venezolanos, de Colombia, pocos haitianos, escasos guatemaltecos o salvadoreños.

Un refugio para estás familias que rompieron con su nación y siguen la ruta hacia el norte …

¡Caray! Cómo sacude verlos así, acorralados en un área que ha servido como hogar de indigentes, no son turistas a los cuales se les vea con buenos ojos, no traen dólares, no dejan propina, de ahí la mirada de los automovilistas y transeúntes, puro morbo.

El hacinamiento es brutal, pero es mucho más doloroso el que se vayan mimetizando con el paisaje, que se acepte el que vivan de esa manera, en tiempos en dónde las redes sociales lloran cuando la historia es de   un perrito maltratado y no para decenas de niños y niñas que juegan en el camellón de esas avenidas.

¿Y la sociedad civil, la piadosa sociedad que se conmueve con la desaparición de una mascota?

La semántica es injusta, no es lo mismo un extranjero que un migrante… aun cuando ambos son visitantes.

Y claro que el drama de los migrantes es un asunto de gobiernos y sus fracasos, el nuestro lleva medio siglo arrojando seres humanos hacia los EUA, y hacia el sur del continente la escuelita se aprendió muy bien, políticos y sus políticas que solo han sabido pudrir la vida de sus ciudadanos.

El mal llamado fenómeno de la migración tiene madre y padre y es la grosera concentración de la riqueza en manos de pocos, es la destrucción de las leyes y el inexistente piso parejo, es un sistema educativo decadente y la violencia y sus mil cabezas de impunidad y corrupción.

Y ahora, en este telón, México es el nuevo vientre para una tragedia más, la de los migrantes. Nuevos huéspedes expuestos a ser asesinados por las bandas del crimen organizado o ser tratados como perros de basurero en algún punto de esta región metropolitana.

Pero el tigre no debe tener más rayas, este asunto debe ser del mayor interés y urgencia para la agenda de las candidatas, pues se debe pasar de ser una papa caliente que se arrojan entre gringos y latinoamericanos, estos seres humanos no recorren kilómetros expandiéndose a ser secuestrados por los tratantes, aplastados en alguna carretera de Chiapas o Oaxaca u observar cómo les arrebatan a sus hijas para ser violadas.

Pero mientras a las y los políticos mexicanos se les pega la gana hacer algo por ellos, bien cabría un gesto de rescate, de apoyo a tantas y tantas almas que arrastran el gravísimo pecado de haber nacido pobres.

A ver… ¿Quién dice yo? ¿Algún buen samaritano de la sociedad civil? ¿Nadie?