Miguel Ángel López Farías
Había evitado mencionar el tema del COVID-19 en cualquiera de sus formas, prácticamente todo se ha dicho y lo que se le suma son las noticias de las eventuales vacunas y la terrible numeralia de contagiados y muertos, pero llega el mes de septiembre con todo y una promesa de cambio de semáforo para la zona metropolitana… pues no, el baile seguirá bajo las luces naranjas.
Llevamos cuatro días con el termómetro de la ocupación hospitalaria al alza, en la oficina de la jefa de gobierno se respira uno de los climas más tensos que se pueda imaginar, no se asoma por ningún lado el que la curva haya sido aplanada.
El problema no es el sendero que se tomó, con buenas o malas decisiones, con o sin ese guion de errores que todos conocemos y que nos llevaría mucho tiempo tratar de entender. El calvario es lo que hasta hoy representa una pandemia que no está controlada, que continúa avanzando, que sigue infectando y que resulta imposible mandar a todos a sus casas por la sencilla razón de que las necesidades más básicas como comer o tratar de rescatar el empleo se imponen a la más elemental defensa de la salud.
Hasta el día de hoy, México ha sido desnudado con todas sus fisuras, la estructura ósea del sistema de salud ha sido hundido en ácido y está vivo solo porque dios es grande, técnicamente estamos en semáforo naranja, pero la ficha real es que vivimos en un eterno verde, el resto es simulación pura.
Reitero, después de este desastre seguramente vendrán las conocidas comisiones de la verdad para encontrar a los culpables de algo que pudo haberse manejado de otra forma. ¿Por qué aún no se puede controlar el COVID? Porque es menos que imposible que la gente se quede en casa, porque el factor económico y las necesidades de alimento, empleo, supervivencia pues se imponen.
México, su ciudad no es una superpotencia económica, millones de mexicanos viven el día a día, solo pocos tienen la capacidad financiera para amurallarse y evitar contacto con el exterior, solo pocos tienen garantizado su trabajo, pocas compañías están resistiendo desde la modalidad del trabajo en el hogar, el resto entraron a un «sálvese quien pueda», por ello es que el ritmo en la zona metropolitana no ha bajado, solo se marca con la diferencia de los cubrebocas y el uso de gel, aceptemos esto: miles más perderán la vida por el virus y no será hasta que llegue la vacuna, o sea, en siete u ocho meses más, cuando se comience a hablar de cierta disminución.
Esto se sabe en las más altas esferas del poder público, y lo único que se está haciendo es administrar la información, las estadísticas, maquillar como se pueda el rostro de la muerte y sus cifras. Cálculos hechos por especialistas de la UNAM habla de que diciembre será terrible, con la funesta cantidad de más de cien mil muertos.
En el gobierno de la ciudad saben ya que esto no tiene control, falta la parte más dolorosa de todas, los ecos de una pandemia, sus muertos y la crudeza de una oleada de desempleo y mucha más miseria… anótelo, lo estamos advirtiendo, esto apenas comienza.














