Miguel Ángel López Farías  

La Revolución Mexicana es una de esas estampas que fue confeccionada para explicarse de modo oficial, como una gran doctrina que simbolizó desde la primaria uno de los pendones de lucha social, “los Panchos Villas o Zapatas” eran los disfraces que a todo niño nos tocó y por supuesto que a las niñas les vino el de “adelitas”.  

Cómo en toda novela había un villano, Porfirio Díaz y los héroes eran chaparritos y soñadores como Madero o valientes hasta la locura como Zapata. Poco se ha dicho que entre los grandes jefes de la revolución les dio por traicionarse y matarse unos a otros.  

La génesis de esta folclórica revolución tiene como base la terrible injusticia, basta con leer MÉXICO BÁRBARO del periodista gringo John Kennet Turner, una compilación que fue entregada a el THE AMERICAN MAGAZINE entre octubre, noviembre y diciembre de 1909, la brutal revelación de que en México existía la esclavitud, sus visitas a las haciendas henequeneras en Yucatán o las de Tabaco en valles centrales en Oaxaca revelaron un mundo de terror por el trato subhumanos que se le daba a indios Yaquis y mayas.  

La narrativa no dejaba lugar a dudas de que tras impresionante crecimiento económico del gobierno de Díaz se fincaban gruesas natas de crímenes en contra de esos mexicanos, esa sola condición valía una o más revoluciones armadas, pero los resortes que impulsaron el levantamiento maderista y los posteriores capítulos fueron muy distintos, pues sin demeritar la búsqueda de democracia y justicia social, Madero como los subsecuentes jefes del movimiento fueron piezas de un perverso plan que tenía que ver más con la línea de intereses de los EUA sobre el petróleo mexicano. 

Esta parte de la historia no da cuenta de ese “detalle” pues es preferible adoctrinar a una nación con la anestesia de que la lucha fue químicamente pura desde la posición de los héroes nacionales, siendo que eso no fue del todo cierto, es más, el hilo de la mayoría de nuestros problemas está atado a esas primeras páginas, pues aunque es cierto de que nuestro país avanzó en muchos rubros, comparado con esos paisajes henequeneros, los granos condicionantes siguen vivos, el petróleo mexicano no es del todo nuestro, las diferencias sociales aún duelen, distintos gobiernos han simulado combatir la corrupción, millones de niños continúan chapoteando en la mediocridad educativa, existen muy altos niveles de desnutrición, el desempleo crece y muchos trabajos son considerados esclavizantes, basta con asomarse a el drama de los niños con cáncer que no reciben medicamentos y sabremos la condición de aquellas familias que morían  en valles centrales, los ricos son aún más ricos, los pobres atados a modernas tiendas de raya de pagos en abonos. 

La revolución es un producto inacabado, que, aunque tengamos democracia, está no termina de mostrarse como la herramienta que nos potenciará como nación, pues aún seguimos suspirando por la sombra de un Caudillo, aunque este sea uno más de los fraudes de la historia. 

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