Miguel Ángel López Farías

Contagiados por la nueva pandemia, la gran mayoría de periodistas que ocupan espacios notables en los medios, han sufrido una suerte de Apocalipsis de la información, la ceguera ha llenado de oscuridad las plumas y se han dedicado a jugar “volados “con los datos que dicen sostener “fuentes confiables”. Ahí tenemos el desfile de especuladores, nombres y apellidos que de pronto poseen la verdad (digo, siempre ha sido así, el periodismo es narcisista y arrogante, en la gran mayoría de sus ejemplos).

Ayer, hoy y mañana salen a la luz, columnas que afirman estar enteradas de lo que ocurre entre las cuatro paredes de presidencia o no se miden en afirmar que saben lo que pasa en la casa del principal huésped de palenque.

Todos los días hemos leído lo más refinado  de la precipitación, una fuente de oráculos que indican una sola cosa: no tienen la más remota idea de lo que está ocurriendo, sus informantes son o imaginarios o enemigos de estos periodistas pues terminan “empinando” a los escribientes después de un chubasco de imprecisiones, pero como el “Ud. Disculpe” no existe entre las vacas sagradas de las columnas, jamás veremos una fe de erratas por parte de algún autor explicando que lo que dijo no era preciso y mucho menos tenía fundamento (extrañamos a Monsiváis y sus columnas que si realizaban esta tarea).

¿quién tiene – de los intocables opinadores – la lista de los políticos que según serían señalados por Washington por sus nexos con el crimen organizado? Pues aún sin poseerla, algunos se atreven a afirmar que es “tal número “y que pronto la CIA habrá de publicarla. Y mire que no dudo que tal casillero exista, tenemos ejemplos demasiado públicos de que son varias decenas de funcionarios o ex servidores públicos bañados en las aguas de los criminales, pero el que un colega tenga los nombres porque uno cuate suyo de la casa blanca o del equipo de marco rubio se la dieron es más fantasioso que decir que México ganará el próximo mundial.

Esta crisis de contenidos debería ser analizado por todos los que formamos parte de la República de la información, ya que nos derrite en lo que nos sostiene: la credibilidad, ese factor que genera confianza en un mundo de dudas y mentiras (el caldo en donde crecen los hongos de los youtubers o influencers).

Y no es que jamás haya ocurrido, siempre han existido crisis en los medios , pero durante mucho tiempo se trazaban líneas editoriales de acuerdo a los intereses de las empresas, mismas que mantenían una mano en el picaporte presidencial y de secretarías de estado, mismas que marcaban el discurso, obviamente las excepciones han existido, en su momento fue PROCESO y La Jornada, como órganos más independientes a esas ventanas oficialistas, hoy, PROCESO lucha por recuperar el legado de don Julio Scherer, sigue siendo de lectura obligada , y de la jornada es claro que se convirtió en el apéndice de la batalla de Morena, una jornada que a ratos es periodística y al otro día porta la  playera de la militancia más rancia .

Y los medios que son desde hace más de siete años cabezas de la “oposición”, buscan entre los escombros una silla en donde se puedan sentar y reflejar autonomía intelectual, pero el problema es que le compraron a López Obrador la bronca y optaron por el discurso monotemático impuesto por AMLO y así los trajo todo un sexenio, bailando al son de las mañaneras.

Otro caso ha sido Latinus, un membrete lleno de enjundia, asfixiante para el ex presidente y los suyos, revelador y contestatario, pero poco claro sobre el origen de sus patrocinadores, ya que en esto no hay inocentes ni puros y detrás de un equipo de periodistas (muy valientes y reaccionarios en el mejor sentido de la palabra) no se puede esconder el interés político de Roberto Madrazo y sus hijos, ¿veremos algún día a Latinus enfocándose en Calderón o Peña Nieto? Lo dudo.

Todo esto, de la crisis periodística y las mil versiones sobre un mismo tema, de los ayatolas que revelan, deducen, desparraman hipótesis etc. solo hemos acariciado la superficie, pues el daño es estructural y tiene que ver con el estilo personal de gobierno de la mandataria Claudia Sheinbaum, misma que maneja un férreo control de lo que sucede en palacio, apoyándose en la estrategia de cabeza fría y boca cerrada, algo que le ha pedido a sus más cercanos, los cuales abren los ojos cada vez que una columna es publicada afirmando sucesos que jamás ocurrieron.

México es un país (como definió García Márquez) de realismo mágico, bizarro y peligros , divertido y angustiante, adoctrinado en el mundo fantasioso de las telenovelas y emocional hasta el delirio como un partido de fútbol, de rumores y chismes y el bastión, la trinchera de la investigación y los sucesos es hoy un cuerpo que no se acomoda, que no se encuentra a sí mismo… y eso es una bomba atómica en la mente de los que aún leen y creen en las sagradas escrituras del periodismo, de lo que significa ver en cadena nacional, como ocurre con TV Azteca, no periodismo real, sino el empleo de un medio y sus espacios informativos para “doblar” a un gobierno y que este termine aceptando el chantaje de su dueño y no por que el gobierno no cometa errores, sino porque el “periodismo” que lanzan como coreografía es corrosivo, no busca que la gente piense y se alcance un cambio social, es, en todo caso, demoler un sistema para poner otro que convenga a los intereses económicos y vacunas hacendarias de su dueño.